
Es muy lamentable y preocupante lo que está sucediendo en el contexto internacional, donde pareciera que no existe un ordenamiento jurídico, ni respeto a las soberanías y a las democracias; tampoco un orden establecido en la convivencia general entre los Estados nación. Y para quienes creían que hoy defenderíamos a capa y espada lo sucedido en Venezuela, de parte del pueblo que ha salido a las calles —claro— exigiendo la liberación de su presidente legítimo, pues la cosa no va por ahí.
Aunque se podría usar este espacio de manera impositiva para plasmar nuestro punto de vista respecto a lo sucedido, en esta ocasión el mensaje es plural: para todos los chihuahuenses, para los mexicanos y, si tuviéramos la oportunidad, ¿por qué no?, para los ciudadanos del mundo. Sin embargo, es necesario poner sobre la mesa un tema muy importante, tanto para quienes defienden como para quienes rechazan lo sucedido en Venezuela el pasado 3 de enero: la invasión, agresión y secuestro del presidente Nicolás Maduro por parte del ejército de Estados Unidos.
Ni tarde ni perezosos, la oposición de derecha mexicana, y en particular la de nuestro estado, salió a celebrar la supuesta caída de la “dictadura”. Incluso hubo quienes, con gran atrevimiento y de manera pública, pidieron que Estados Unidos hiciera lo mismo en nuestro país. Desde el basurero de la historia y con una carga de fracasos electorales, su única posibilidad para volver a los privilegios es rezar para que las bombas estadounidenses caigan sobre familias mexicanas, maten, secuestren o, de manera ilegal y violenta, derroquen a un gobierno electo por más de 36 millones de mexicanos.
Se les acabó el discurso de la “democracia” a estos opositores; se les acabó el discurso del supuesto “derecho”. Al justificar todas las violaciones habidas y por haber al derecho internacional y a las soberanías, incluso se atreven a llamarse “patriotas”, mientras ruegan por una intervención extranjera en nuestro país. Ya nada les importa y las máscaras se han caído: son simplemente traidores, tal y como lo es la oposición en Venezuela, que estuvo años rogando por lo que ya sucedió, aunque las cosas no les han salido como esperaban.
En el imaginario de los traidores, con la “caída” del chavismo y de Nicolás Maduro, Venezuela sería gobernada por la oposición; en este caso, por la vergonzosa “premio Nobel de la Paz”, María Corina Machado, y su círculo cercano, quienes expresaron en muchas ocasiones que, con tal de ver la caída de Maduro, estarían dispuestos a entregar la soberanía y los recursos naturales de Venezuela a Estados Unidos. Algo lamentable y vergonzoso.
Pero más vergonzosa aún fue la forma en que el nuevo Führer estadounidense, Donald Trump, echó por el caño los sueños de grandeza de esta oposición venezolana cuando, a primera hora del ataque contra Venezuela y del secuestro de Maduro y su esposa, descartó de manera tajante ante la prensa la posibilidad de que la señora Machado gobernara la República Bolivariana, porque “no tenía ni el respaldo ni el respeto de los venezolanos”. Fue tan dura esta expresión que incluso quienes rechazamos esa postura arrastrada de la oposición nos sentimos avergonzados.
Trump, sin pudor alguno, dijo que serían ellos quienes gobernarían Venezuela y no la oposición venezolana. Entonces, ¿qué sucederá con la oposición? Pues nada. Al igual que con todo el pueblo venezolano, se les intentará llevar a una condición de colonia estadounidense mientras se roban su petróleo y otros recursos naturales. Así podemos entender que esta nueva etapa del imperialismo estadounidense no se trata ni de derechas ni de izquierdas, sino de mero imperialismo y colonización del nuevo milenio.
Tendremos mucho que analizar y plantearnos como mexicanos sobre estos acontecimientos mundiales, pero hoy el mensaje, con sinceridad, para esa oposición mexicana y derecha chihuahuense que anhela una invasión extranjera es este: véanse en el espejo, en el espejo de María Corina Machado y la oposición venezolana, porque una intervención en nuestro territorio no sería solamente la caída de un gobierno; sería la caída de un pueblo entero y el sufrimiento de nuestra sangre.
Hasta la victoria, siempre.