
En un taller mecánico, las herramientas parecían competir señalando sus defectos: la llave inglesa era criticada por apretar demasiado y forzar las tuercas; el desarmador por darle demasiadas vueltas a los tornillos para cumplir su función; la matraca por ruidosa y girar sin descanso; y el multímetro por medirlo todo con exceso de precisión y corregir a los demás.
La discusión terminó cuando llegó Ramón el mecánico, quien utilizando cada herramienta según su fin y logró que un automóvil averiado volviera a funcionar correctamente. Al final, las herramientas comprendieron que, aunque cada una tenía limitaciones, sus cualidades eran indispensables cuando se aplicaban de manera conjunta, y que solo el trabajo coordinado permite alcanzar un resultado eficaz y duradero.
Al comenzar un nuevo año es común escuchar en las personas el deseo de cumplir propósitos, expectativas y pretensiones de cambio; también es común observar que olvidan una virtud discreta, poco mencionada pero fundamental, que sostiene cualquier proyecto personal o social: la laboriosidad. No se trata solo de “trabajar mucho”, ni de proponerse “muchos propósitos” sino de asumir el trabajo con amor y diligencia, decía Santo Tomas, con compromiso.
El término laboriosidad procede del latín laboriōsus y hace referencia a aquel que es muy aplicado al trabajo (muy trabajador)[1], remite a la tarea y el esfuerzo. Esta virtud implica determinación, constancia y tenacidad para iniciar y llevar a buen término aquello que se emprende o nos proponemos alcanzar. El trabajo cotidiano, lejos de ser una carga accidental, forma parte de nuestra condición humana. A través de este adquirimos bienes materiales, pero también —y sobre todo— nos construimos como personas en cuanto al obrar.
La laboriosidad está íntimamente ligada a la metodología. No basta con tener buenas intenciones: es necesario saber organizarse, fijar objetivos y elegir los medios adecuados para lograr el fin que nos proponemos. El trabajo improvisado, sin rumbo claro, desgasta energías y produce pocos frutos. En cambio, cuando se trabaja con orden y método —ya sea a nivel personal o en equipo— el tiempo y los recursos se aprovechan mejor, y los resultados se vuelven notorios.
Esta virtud se expresa también en la colaboración. Trabajar con otros exige humildad, disponibilidad y respeto por el tiempo y trabajo de los demás, así como para ocupar el propio lugar sin pretender sobresalir ni dominar. Cada persona aporta algo distinto que, cuando se reconocen y armonizan es posible construir algo valioso en común. La historia que se desarrolla en el taller mecánico lo ilustra bien.
Algo similar ocurre en las instituciones, las familias y la sociedad. Cuando se enfatizan constantemente los defectos ajenos, se genera desconfianza, molestia y tensión. En cambio, cuando se aprende a reconocer las capacidades de los demás y a trabajar juntos, florecen los mejores resultados humanos. Encontrar defectos es fácil; descubrir y potenciar las virtudes ajenas exige madurez y grandeza de espíritu.
La laboriosidad adquiere un sentido aún más profundo cuando se orienta a la propia perfección. Trabajar sobre uno mismo —con paciencia, humildad y constancia— es quizá la tarea más ardua, pero también la más transformadora. Los santos no fueron personas extraordinarias por naturaleza, sino hombres y mujeres comunes que, sostenidos por el amor y el esfuerzo cotidiano, perseveraron en el bien sin hacer ruido.
El principal enemigo de esta virtud en la vida social y comunitaria es el egocentrismo. Cuando el “yo” ocupa el centro, se bloquea la colaboración, se empobrece el intercambio y se debilita el tejido humano. Superarlo implica educarse en la disponibilidad, la generosidad y la fidelidad, entendiendo que el trabajo cotidiano, cuando está movido por el bien de los demás, se convierte en servicio. Así, la laboriosidad deja de ser solo esfuerzo y se transforma en una forma concreta de servir y contribuir al bien común.
[1] https://definicion.de/laboriosidad/#google_vignette