Paseaba con mis hijos, ya en edad universitaria, entre las calles de la ciudad. De pronto, nos sorprendió una escena peculiar: por la ventana trasera de un carro se asomaba algo parecido a un perro. Algo no encajaba. Sus ladridos forzados no eran propios de un canino. A nuestro lado caminaba, un joven adulto que lo animaba gritándole:

- ¡Qué bonito perro!

No era espontáneo, no era natural: los ladridos no eran ladridos y el perro no era perro.

Al notar mi desconcierto, uno de mis hijos me dijo que era un “therian”. Para completar la explicación, me mostraron videos redes sociales, con los resultados que todos hemos visto.

La juventud es una etapa extraordinaria. Inquietudes y sueños se funden en un ser lleno de fuerza donde las emociones brillan. Su viveza y plenitud de sentidos brotan sin preguntar.

Cuando el joven descubre el sentido, emergen las grandes virtudes: arrojo, heroísmo, gallardía y nobleza. Pero estas excelencias no aparecen por arte de magia. Se cultivan; se ejercitan. Se construyen con esfuerzo constante; los papás querríamos otro camino más fácil para formar nuestros hijos, pero no lo hay. El capricho conduce a la frustración. La virtud, lleva a una vida plena.

¿Quién sufre más: la persona madura o quien no gobierna sus impulsos?

Entender la identidad personal es el primer paso para formar la personalidad. La identidad no consiste en diferenciarnos de los demás, sino en reconocernos a nosotros mismos.

El fenómeno “therian” -therianthropy- es cuando una persona afirma identificarse como un animal. El término proviene del griego thēríon (bestia) y “anthrōpos” (humano). La persona decide conscientemente tomar la identidad de otra especie.

Tratadistas en antropología filosófica y psicología práctica, coinciden en:

1. La naturaleza humana está definida por voluntad e intelecto, y precisamente con esas facultades, el “therian” las usa para asumir un papel que carece de ambas.

2. La identidad subjetiva no modifica la esencia, identificarse como un animal no resta a su naturaleza humana, la persona no puede desprenderse de su voluntad y raciocinio.

3. Aunque imite actos animales, su voluntad y la inteligencia siguen siendo humanas. Sabe que es humano y que está realizando actos propios de otra especie. Ahí está la paradoja: para identificarse como animal se necesita ser plenamente humano.

4. La naturaleza humana -esencia- pertenece intacta. Identificarse como therían es solo una expresión subjetiva.

La plenitud humana no consiste en negar lo que somos, sino en desarrollarlo al máximo. El cenzontle puede producir cientos de cantos porque su naturaleza se lo permite: tiene una laringe única, y alcanzará su plenitud a medida que desarrolle su canto. El capullo será pleno cuando de paso a la flor. El ser humano lo será ejerciendo su libertad, elemento que ni el capullo ni el cenzontle poseen. Su felicidad depende del uso recto de esa libertad arraigada en su naturaleza.

Quien se Identifica como un ser con voluntad e inteligencia actuará en consecuencia. El padre ejercerá mejor su papel en la familia y sociedad cuando sea consciente de quién es, y en esa medida será responsable. Lo mismo ocurre con cualquier función social: un entrenador dará lo mejor de sí cuando comprenda profundamente su papel, y un líder que reconoce su misión dirige mejor.

Vivimos en medio de expresiones alejadas de fundamentos científicos y filosóficos sólidos, que diluyen la realidad.

El reto consiste en conocer a profundidad el papel que desempeñamos, y reflexionar sobre su responsabilidad a consciencia. El olmo nunca dará peras. El quid está en sacar lo mejor de lo que somos -realidad- para trascender mas allá.

El problema no está en el juego ni en la imaginación. Un niño que se disfraza aprende. Eso es parte del crecimiento.

La ciencia, como la vida, se funda en la objetividad. La identidad proporciona la fuerza necesaria para vivir con sentido y eleva la potencialidad humana.

El presente tiene como fuente a los tratadistas: Juan Fernando Sellés, Leonardo Polo, Jordan Peterson, Gutierrez Saenz y Aristóteles.