El 14 de febrero de 2025, una menor de edad llegó a las estadísticas de salud de Chihuahua con algo que muchos, incluso los médicos especializados, creían desaparecido en América: el sarampión.
Entonces era una enfermedad casi mítica, borrada de los boletines oficiales desde mediados de los 90, y cuyo regreso fue recibido con incredulidad, más que con alarma. Lo que vino después fue una de las crisis sanitarias más graves de la década, después de aquella pandemia del Covid.
El primer contagio fue de una niña menonita de Cuauhtémoc que importó el virus de Texas, donde había visitado a familiares. En esa entidad norteamericana comenzaba a ser noticia el sarampión, en particular entre la población antivacunas, como lo era también en algunas poblaciones de Canadá, en la provincia de Alberta, así como en una pequeña parte de Ontario, Saskatchewan, Manitoba y Quebec.
En los primeros meses y casi todo 2025, Chihuahua fue el epicentro absoluto del brote en México. Lo que comenzó como unos pocos casos aislados pronto se multiplicó. Para marzo, cifras oficiales ya registraban cientos de contagios en el estado, en su mayoría entre poblaciones sin esquema de vacunación completo.
Los menonitas por no creer ni confiar en la vacunación y los pobladores indígenas de la Sierra Tarahumara por no tener acceso a la protección, fueron las poblaciones más vulneradas por el virus que infecta el sistema respiratorio y se propaga por el aire a través de tos, estornudos o contacto cercano.
Para mayo y junio, el brote había tomado a muchos por sorpresa. Más de mil casos fueron confirmados y varios fallecimientos relacionados con complicaciones se contabilizaban en comunidades como Cuauhtémoc, Namiquipa y otras zonas rurales.
Este crecimiento exponencial no fue exclusivo de Chihuahua, pero sí más intenso y más temprano que en cualquier otro estado. Para finales de abril y mayo, la entidad concentraba el 90 por ciento o más de los casos nacionales; para entonces el sarampión ya no era una amenaza teórica, era una amenaza cumplida.
Lo más grave es que no había vacunas. El Gobierno Federal estaba desarmado y el Gobierno del Estado, cuya estrategia conducían la gobernadora Maru Campos y el secretario de Salud, Gilberto Baeza, presionaban al grado de la desesperación por la compra, con las manos atadas porque no podían hacer la adquisición como entidad federativa, mientras la mayor autoridad nacional veía muy lejano, como siempre, el problema entonces norteño.
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Durante el verano de 2025, la curva de contagios alcanzó cifras que jamás se habían visto en los reportes históricos del sistema de salud nacional en cuanto a esta enfermedad. Chihuahua llegaría a superar los dos mil casos confirmados, con la mayoría de las infecciones concentradas en personas no vacunadas.
En julio y agosto, el número acumulado a nivel nacional rondaba varios miles de casos -y casi todos vinculados a contagios importados o a la baja cobertura de vacunación- mientras se documentaban muertes en poblaciones vulnerables. Pocas, si se quiere, pero todas evitables con la simple vacuna y una contención más adecuada de la autoridad sanitaria.
Aunque las cifras exactas por mes en Chihuahua no siempre se difundieron con la debida claridad, con desglose completo, los informes sanitarios permiten reconstruir la tendencia.
Entre febrero y marzo fue el brote incipiente, de decenas a cientos de casos; en abril y mayo, pasaron de centenares a miles de casos acumulados, con el estado a la cabeza del total nacional, igual de lejano como siempre ha estado el norte del centro del país.
Entre junio y agosto el brote siguió al alza. El recuento superó los varios miles de contagios y la transmisión comunitaria comenzó a ser sostenida, pero limitada a población en estado vulnerable.
Entre septiembre y diciembre, en cambio, ya con campaña de vacunación como eje de la estrategia de contención, el número que iba al alza comenzó a dar señales de éxito en los intentos de control, hasta que al final del año el estado pudo declarar la batalla casi ganada o, al menos, el brote limitado, contenido. Un éxito indudable en la operación de la autoridad sanitaria estatal.
Ahora, entre enero y febrero de este año, la epidemia se ha extendido a otros estados, pero el foco histórico sigue siendo Chihuahua, aunque con casos más aislados gracias a medidas de vacunación masiva, algo tan simple y menos oneroso, sobre todo menos doloroso, que las vidas perdidas.
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Al cumplir un año de alerta epidemiológica, Chihuahua había confirmado más de cuatro mil 500 casos de sarampión, más de la mitad de todos los casos en México durante el brote, y registrado casi mil hospitalizaciones por esta causa, además de 21 defunciones vinculadas directamente a esta enfermedad prevenible.A nivel nacional, hasta febrero, se han reportado más de nueve mil casos y al menos 29 muertes desde que comenzó la crisis sanitaria en 2025. Es el estado el que sigue a la cabeza en la trágica cuenta, aunque el enemigo haya sido ahuyentado a punta de vacunas de la entidad.
El sarampión no es una gripe común. Es una enfermedad viral altamente contagiosa, mucho más que la influenza o la mayoría de los virus respiratorios habituales.
Una persona infectada puede contagiar hasta 18 personas más sin protección. Los síntomas -fiebre alta, sarpullido, tos, ojos rojos- son solo el comienzo. Sin atención llegan complicaciones como neumonía, encefalitis, ceguera y hasta la muerte, sobre todo en niños pequeños, adultos mayores y personas con sistemas inmunitarios debilitados.
Antes de la vacuna, esta enfermedad mataba o dejaba secuelas graves en millones de niños cada año. La inmunización universal prácticamente eliminó la transmisión endémica en gran parte del mundo; hasta 1995, México estaba oficialmente libre de sarampión.
¿Por qué volvió esta enfermedad erradicada? Dentro de toda su complejidad, hay una respuesta simple, pero no por ello menos preocupante: antivacunas, desabasto y brechas de inmunización, fueron factores que trajeron el resurgimiento regional, junto con la movilidad fronteriza de la entidad.
Primero, el brote en Chihuahua se relacionó con un caso importado desde Texas, donde también hubo focos activos de sarampión en 2025. Segundo, la transmisión inicial en zonas con bajas tasas de inmunización, especialmente en comunidades con reticencia a las vacunas, favoreció la propagación.
Aunque el movimiento antivacunas no es exclusivo de Chihuahua ni de México, la percepción de que las vacunas ya no eran necesarias ha calado en algunos grupos. Eso, sumado a la interrupción o retraso en programas de vacunación los años recientes, dejó huecos de inmunidad susceptibles a explosiones del virus.
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En todo este marco, lo más grave es el desabasto y la logística desatendida de vacunación que llegó junto con el desmantelamiento del sistema nacional de salud, a cambio de crear el nuevo modelo “estilo Dinamarca” que, según el expresidente Andrés Manuel López Obrador, habría de tener México.
A mediados y fines de 2025, la disponibilidad de vacunas SRP (o MMR en inglés, eficaz para protección contra el sarampión, las paperas y la rubéola) estuvo frágil en varias regiones, lo que complica una rápida respuesta ante el surgimiento de casos.
La compra, distribución y aplicación de millones de dosis se convirtió en una prioridad nacional tardíamente. Eso explica que ahora, a nivel nacional el brote de sarampión se mantiene activo en todo el país, con presencia confirmada en los 32 estados.
La intensidad de la epidemia se ha desplazado hacia el occidente y centro del país: Jalisco es ahora el nuevo epicentro de la transmisión, con el mayor número de contagios nuevos en lo que va de 2026, más de mil 500; Chiapas reporta 520 casos; en la Ciudad de México el virus se ha esparcido especialmente en las alcaldías Iztapalapa y Gustavo A. Madero; le siguen Michoacán, Guerrero, Sinaloa y Colima, en ese orden.
Pero hablamos de una alerta epidemiológica activada en febrero de 2025, no atendida de forma eficaz desde el principio por parte de la Federación. Meses después es que llegaron las campañas masivas de vacunación hasta alcanzar casi dos millones de dosis para cortar la cadena de transmisión.
Eso contuvo el brote en Chihuahua, que ahora es un estado espejo de otros y puso al descubierto brechas de vacunación, subestimación del riesgo y retos de salud pública que trascienden fronteras.
Si algo nos recuerda este episodio es que las enfermedades prevenibles por vacunación siguen siendo una amenaza real si descuidamos la inmunización. Y que un brote local puede, en un mundo globalizado, convertirse rápidamente en un problema nacional.
Gastar el presupuesto en otros rubros sin incluir la inmunización es de plano ignorar que cada peso en vacunas ahorra 16 pesos en la atención de las complicaciones de enfermedades evitables. Una tontería seguir por ese mismo camino desastroso, que bien puede ser evitado.





