En el pasillo, un alumno camina con el celular pegado al pecho. Audífonos puestos. Pulgar en automático. Entra al salón, se sienta, abre WhatsApp y manda un audio. Salta a YouTube “para la tarea”. La “investiga” en cinco minutos: se la pide a una IA. Luego cae en Instagram a comentar como si ahí se jugara la vida. Cuando por fin mira al frente, ya se fue media clase.
Esta rutina se repite en casa, en el camión, en la fila del Oxxo, en el receso. Y sí: pasan horas. En México, 95.1% de adolescentes de 12 a 17 años usa internet y su promedio ronda las seis horas diarias en línea. Conectados, sobran. Competentes, no tantos. La conectividad no es el problema. El problema es la creencia adulta: “si está en línea, si le sabe”. Esa idea se repite en sobremesas y juntas escolares como si fuera verdad científica y es justo ahí donde se nos cuela la trampa. Porque tres de cada 10 personas afirman dominar algo tan básico como copiar y pegar para modificar un documento, en computadora o en el celular. Tres. En plena era de pantallas táctiles y tutoriales. Con ese dato se cae el mito de los “nativos digitales”. No nacieron sabiendo: nacieron rodeados de apps. ¿Qué dominan? El consumo, el contacto, el show: redes sociales, juegos, filtros, audios, scroll. ¿Qué se les complica? Lo que convierte la pantalla en herramienta: organizar información, buscar con precisión, citar, distinguir una fuente confiable de una trampa bien editada, ordenar datos en una hoja de cálculo, nombrar archivos con sentido, convertir formatos sin perder el contenido, entender permisos y cuidar su privacidad. Aquí viene lo incómodo: la escuela lo nota cuando ya es tarde. Cuando el estudiante no encuentra un documento porque lo guardó como “tarea final final ahora sí” cuando no sabe filtrar una búsqueda, copia el primer resultado; cuando entrega un texto “perfecto” pero no puede explicarlo. Cuando la IA responde… y él solo pega. Ojo: no es un juicio moral al adolescente. Es un diagnóstico social. Les dimos dispositivo, señal y mucha presión por responder rápido. No les dimos entrenamiento. Pedimos tareas “en línea” como si eso les diera habilidades por sí solo. La Nueva Escuela Mexicana insiste: los saberes digitales son transversales. Implican buscar, evaluar, integrar e interpretar información. Implican comunicación ética y autonomía. Pero en la práctica escolar nos quedamos en el “sube el PDF” y “manda la evidencia”. Resultado: estudiantes expertos en subir, lentos en comprender. Cumplen, sí. Pero no necesariamente construyen criterio. Y ojo con esto, porque aquí suele haber un error de enfoque: Google Classroom sí puede ordenar, comunicar y colaborar. El problema aparece cuando lo usamos como buzón: tarea, archivo, calificación. Ahí la plataforma no enseña; solo recibe y el estudiante aprende una sola cosa: cumplir. Nada más. La brecha se agranda cuando entra la desigualdad: sin internet estable, equipo, acompañamiento docente, la “educación digital” se vuelve un filtro socioeconómico. La brecha no se mide por el Wi-Fi, se mide por lo que un estudiante puede hacer cuando la pantalla se apaga. Hay otra grieta silenciosa, que se está normalizando: la creatividad también se está volviendo una plantilla. Canva se ha convertido en la salida rápida. Resuelve en minutos. Todo es “arrastrar y soltar”, cuando eso se vuelve costumbre, el músculo creativo se atrofia. Se repiten diseños, tipografías, formatos. La tarea se ve bien… pero la pregunta es otra: ¿el contenido sostiene lo que promete? Cuando las plantillas dominan, se pierde el boceto, el ensayo, el error útil. Se pierde también el hábito de preguntar de dónde sale un dato y a quién le pertenece una imagen. Ahí, la IA no solo ayuda: también tapa huecos y deja al alumno sin músculo propio, sin voz propia, sin defensa propia. Entonces, ¿qué hacemos? En la primera oportunidad, pide un producto público y verificable: infografía con datos propios, podcast con guion y fuentes, video explicativo con referencias, hoja de cálculo con análisis. Regla clara: si no hay proceso, no hay aprendizaje. Aplica para casa y escuela. Búsqueda avanzada. Operadores, verificación, lectura y cómo citar. No como “tema”, sino como práctica semanal. El algoritmo no se combate con regaños; se combate con método y búsquedas inteligentes. Ética y cuidado digital. Privacidad, huella, permisos, IA con límites. La pregunta no es “¿lo hizo la IA?”. Es: “¿puedes explicar, corregir y sostener lo que entregaste?” El mundo que les tocó no premia al que más tiempo pasa en pantalla. Premia al que sabe pensar y si hoy solo tres de cada 10 domina lo elemental, no es chiste: es alerta. La próxima vez que veas a un adolescente pegado al celular, cambia la pregunta. No “¿cuánto tiempo?”, sino “¿qué sabes hacer con eso?”. Si la respuesta no alcanza, ahí está la tarea común. Mañana, en tu aula: deja de pedir solo entregas. Pide método. En tu casa: deja de vigilar pantallas. Enseña herramientas. Y en tu propia rutina: demuestra, con hechos, que la tecnología también puede ser oficio.