“La enfermedad es un ‘sueño’ o una ‘protesta’ del inconsciente”
— Alejandro Jodorowsky
Este trazado se basa en hechos reales que acontecen en nuestro país. Se han cambiado los nombres de quienes vivieron estos hechos, por temor a que vuelvan a experimentar la tristeza que muchos lograron sobrevivir y otros más padecieron como víctimas de la apatía y la corrupción, derivadas de la falta de medicinas. Un lugar donde pudieron haber entrado la empatía, el amor, la felicidad y un poco —solo un poco— de tristeza, pero no tanta.
Sin más, esto ocurre en todos los centros de salud de México. Ahora me ocupo de un hospital del cual puedo —o quiero— señalar su nombre. Espero no causar molestias; si así fuera, pido perdón de antemano: el Hospital General “Dr. Salvador Zubirán Anchondo”.
Recordemos que los enfermos, en la antigüedad, eran los “malditos de Dios”, los “endemoniados”. Su curación era contraria a la voluntad divina. Jesús nació y murió en ese contexto y, ante los conflictos a los que se vio expuesto, nunca pasó de largo. En esa sociedad concreta y real, Jesús mostró un nuevo rostro de Dios.
Tomó partido, se jugó la vida por ellos, comió con los excluidos, conoció sus necesidades y, si las tenían, también sus esperanzas. Les hizo ver que no eran despreciables ni castigados por Dios. Les dio a conocer la Buena Nueva: Dios los prefiere y los ama especialmente. En nuestra sociedad actual siguen existiendo “los malditos”, los despojados de todo.
De una manera casi involuntaria, me vi arrastrada desde joven a buscar la proximidad de las personas sufrientes. En los últimos años, el contacto con enfermos psiquiátricos: esos a los que nadie escucha, esos que hablan solos porque no tienen a nadie a su lado; los incomprendidos que, por lo general, no despiertan más que alivio en sus familias cuando los alejan de su entorno.
Por otro lado, la búsqueda de un acercamiento a los enfermos tratados por el Estado se da en un contexto diferente, ya que me llevó tiempo superar mis propias tendencias discriminatorias frente a los “distintos”, un rechazo muy arraigado en mi corazón y que prefiero no analizar en este trabajo. Me pregunto si esa no fue la “guiñada” de Dios, cuando me invitó a acompañarlo en esa misión concreta…
En esencia, se trata de la búsqueda de Dios en los marginados por todos nosotros. Todos somos miembros de una sociedad “benevolente” y “tolerante”, pero con frecuencia evitamos lo que molesta, lo que duele y lo que no comprendemos. Porque tenemos que vivir sobreviviendo con tantos enfermos a los que solo se les dice que “ya hay medicinas”. Más falso no puede ser: lo que existe son más muertos, quienes en sus tumbas esperan una aspirina para compartirla con los gusanos.
Para hablar de milagros no hace falta estar frente a acontecimientos excepcionales: toda creación, la vida, la gracia, el perdón, el crecimiento de un árbol a partir de una diminuta semilla pueden ser vistos y vividos como milagros. En la antigüedad, dado el escaso acceso de la gente humilde a los pocos médicos existentes y a sus limitados conocimientos científicos, abundaban curanderos, magos, exorcistas y charlatanes. Surgían también hombres religiosos, hombres santos, que invocando el nombre de Dios lograban, a veces, mejorías en la psiquis y en el cuerpo de las personas enfermas.
Jesús no busca hacer “milagros”; hace “signos”, signos que anuncian la presencia y la acción inminente de Dios. No busca destacarse como Hijo de Dios, sino mostrar el Reino de su Padre, que es para todos, sin exclusiones. En México, el pueblo, desde tiempos ancestrales, ha tenido que recurrir a los dioses del pasado —que tal vez sean mejores—; además, cuentan con medicinas que les da la tierra, no el gobierno.
Esos signos los ejerce incluso con los pecadores, porque ese es su corazón. Nos muestra que todos —justos e injustos, pobres y marginados— somos iguales entre nosotros, que no caben las diferencias. No comienza Jesús por los más fuertes y poderosos; son los más débiles quienes deben ser ayudados primero a recuperar su humanidad perdida.
La historia es la de un joven que está en su cama, esperando a gritos ser atendido. Hay decenas de ancianos, jóvenes, adolescentes y niños esperando que les suministren una medicina, “no importa que la tengan que pagar”. El Hospital General, como muchos en todo el país, no cuenta con medicamentos. Fuentes confiables —doctores, enfermeros y demás funcionarios— dicen que, si hay paro, que no se lo digan a nadie.
Ante la falta de hospitales que pertenecen a la Federación, así como al Estado de Chihuahua, niñas quieren “parir” aquí, al cabo es gratis. Esto genera saturación de pacientes y una mayor carencia de suministros.
Los enfermeros corren por los pasillos y enfrentan a los familiares; son maltratados, golpeados. Lo más triste es que tienen que decirles que ya murió, que fue la voluntad de Dios. Se lavan las manos: “reclamen al de arriba”.
El joven de esta historia tiene diez días en el hospital. Es triste que, como muchas familias, aun teniendo dinero, tampoco hay medicinas. ¿Por qué no ser empáticos con los enfermos? El personal del hospital afirma que, cuando menos, un millón de pesos serviría de algo. Gran cantidad de familias no tienen para comprar ni una sola gasa. “Esperen, al rato llegan”.
Me resultó casi imposible creerlo. Acompañé a una señora a hacer la cita de su hijo; nos regresamos por falta de dinero. Entre todos juntamos una “polla”, cuando menos para que lo pusieran en una camilla. Este jovencito viene desde Dolores, municipio de Madera: diez horas de viaje.
“Se requiere un lavado; vaya y compre la bolsa”. Nació un bebé: hay que traer pañales de donde se pueda. Cantidad de alumbramientos. Como burla, dicen los administradores: “parecen conejas”. Inyecciones: hay que comprarlas o se muere el enfermo. Las fuentes confiables dicen: sí hay, pero están en las bodegas. “Dicen las malas lenguas”.
En los relatos de curaciones, por lo general existe primero un encuentro provocado por Él: una mirada cargada de compasión, la capacidad de Jesús de sumergirse en el dolor ajeno. Jesús atiende a los pequeños, a los sufrientes, a los segregados, a los “marcados” por la sociedad. Jesús “mira”, “se detiene”. El Estado ya no.
No busca reformar la vida religiosa de quienes acuden a Él, sino ayudarlos a gozar de una vida más plena. Busca liberarlos del poder del mal: la exclusión, la hostilidad, el aislamiento, la prohibición de integrarse a un trabajo, de entrar al templo. Luego viene la acción de “curar”. No cura el dolor desde fuera, sino desde el interior del hombre.
No busca mostrar un milagro. Primero debe existir una actitud por parte del que espera, del que pide, del que cruza con Él su mirada. Si no había esperanza previa, ese acto de misericordia despierta la confianza y la fe. Y esa curación es la mejor parábola para que todos comprendan que Dios es, ante todo, inmensa misericordia.
Gobernadora: reclame a los funcionarios públicos que sean empáticos, que den la cara. Se entiende la falta de recursos; nadie duda de que hay intenciones, pero podemos dar más. A los funcionarios de todos los partidos políticos solo les importan las entrevistas —que, por cierto, pagan—. ¿Por qué no acudir al Hospital General o al que quieran del Estado y, cuando menos, llevar una caja de alcohol y pañales?
Muchos tenemos la fortuna de contar con un servicio médico con deficiencias, pero que se ha sostenido. No todos lo tienen.
Esta historia de la vida real no podría terminar. Démosles un gran abrazo, con amor, a las familias que cada mañana llevan un ágape para que, al menos, engañen al hambre.
No es una crítica para que se considere un ataque a funcionarios; es solo un poco de viento para permitir respirar a nuestros enfermos.
(Esto me fue compartido por una gran amiga que siempre tiene su corazón abierto para cuidar a los olvidados.)
Salud y larga vida.
Profesor por Oposición
Facultad de Derecho de la UACH
Instagram: profesorf
