Hay una discusión que parece haberse instalado en las escuelas como si fuera la gran batalla educativa de nuestro tiempo: ¿deben los niños y adolescentes llevar el teléfono celular al salón de clases?
En todo el territorio mexicano se lanzó esa pregunta, más allá de contextos y definiciones que deberían llamarnos la atención. La consecuencia sería un acto prohibitivo, pero no creo que estemos solucionando el problema.
Francamente, esa discusión empieza a quedarse corta. La mayoría estaremos de acuerdo en algo elemental: si un teléfono distrae, interrumpe, dificulta la concentración y convierte cada notificación en una tentación, lo razonable es que durante la clase permanezca guardado.
La propia UNESCO ha advertido sobre los efectos de la distracción de los teléfonos en el aprendizaje y ha señalado que su utilización debe justificarse cuando realmente aporta al proceso educativo.
Pero mientras discutimos si el teléfono debe entrar o no al salón, la inteligencia artificial ya entró por la puerta grande. Y aquí comienza el verdadero problema. Porque ya no se trata solamente de preguntar si un alumno utiliza ChatGPT, Gemini o cualquier otra herramienta para resolver una tarea.
La pregunta es mucho más profunda: ¿en qué momento dejamos de utilizar la inteligencia artificial y comenzamos a depender de ella? Una cosa es emplearla como herramienta académica o laboral; otra muy distinta es permitir que piense por nosotros, escriba por nosotros, decida por nosotros, investigue por nosotros y, finalmente, termine sustituyendo nuestra propia capacidad para hacerlo.
La UNESCO reconoce que la inteligencia artificial puede transformar positivamente la educación, pero también advierte que el desarrollo tecnológico está avanzando más rápido que las regulaciones y que es indispensable mantener un enfoque centrado en el ser humano, proteger los datos y establecer límites adecuados para su utilización.
El problema no es la máquina. El problema es el ser humano cuando entrega voluntariamente su capacidad de pensar, para que una máquina sustituya las acciones humanas en una réplica muy parecida al de una persona.
Lo comenté con algunos expertos en IA y robótica: hace unos días, los llamados Juegos Mundiales de Robots Humanoides, celebrados en Pekín, ofrecieron una imagen que parece sacada de una película de ciencia ficción.
Más de dos mil robots participaron en 51 disciplinas. Y uno de ellos, Tiangong Ultra, consiguió correr los 100 metros en 8.64 segundos, superando incluso el récord humano de Usain Bolt, de 9.58 segundos.
Hay algo fascinante en ello, pero también algo inquietante. La primera lectura debería ser una victoria del ser humano: fuimos nosotros quienes construimos esas máquinas, diseñamos sus algoritmos, fabricamos sus componentes y les enseñamos a correr.
Pero existe una segunda lectura, mucho menos cómoda: mientras nosotros presumimos que controlamos a las máquinas, ellas están aprendiendo a hacer cada vez más cosas que antes solamente podíamos hacer nosotros. Y entonces aparece la pregunta que nadie quiere contestar: ¿Somos rehenes de la inteligencia artificial?
Tal vez todavía no, pero podríamos estar construyendo voluntariamente la celda. Cada vez que dejamos que una aplicación nos diga qué comprar, qué leer, qué pensar, qué responder, qué escribir o incluso cómo sentirnos, cedemos un pequeño pedazo de nuestra autonomía.
El peligro no es que mañana una máquina despierte y decida conquistar el mundo. El peligro verdadero es mucho más silencioso: que nosotros dejemos de querer pensar el mundo por nuestra cuenta.
Por eso la discusión sobre los teléfonos celulares en las escuelas debería evolucionar hacia una conversación mucho más seria sobre la tecnología en general. No basta con quitarles el móvil a los alumnos durante una hora si después les entregamos una inteligencia artificial capaz de hacerles toda la tarea.
Necesitamos enseñarles algo más importante que utilizarla: necesitamos enseñarles cuándo no utilizarla. Porque una sociedad inteligente no es aquella que tiene las máquinas más inteligentes. Es aquella que conserva la inteligencia suficiente para ponerles límites. La tecnología debe ser nuestra herramienta, nunca nuestro amo. Y quizás esa sea la verdadera competencia que estamos jugando. No contra los robots, sino contra nuestra propia comodidad. Al tiempo.
Fuentes: Reuters/ Diario MX /Unesco
