Vivimos en un tiempo donde la palabra libertad se pronuncia en todas partes, desde los discursos políticos hasta la publicidad comercial. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar si la forma en que vivimos hoy realmente nos hace más libres. La tecnología moderna no suele quitarnos la capacidad de elegir de manera violenta; su impacto es mucho más sutil: condiciona las opciones que se nos presentan.
Cuando una plataforma digital o un algoritmo selecciona constantemente lo que vemos, escuchamos o compramos, no nos prohíbe decidir, pero sí moldea el horizonte de nuestras decisiones. La pregunta fundamental de nuestro tiempo ya no es solo si somos libres para elegir, sino ¿quién decide qué es lo que nos parece deseable?.
Para comprender esta realidad, es útil recurrir a la imagen de un árbol frondoso plantado junto a un río. Sus raíces profundas, ocultas bajo la tierra, le permiten absorber agua, dar sombra y producir frutos. Si ese árbol pudiera pensar y creyera que sus raíces son una atadura que le impide viajar, cometería un error trágico. Si la tierra se rompiera y el árbol rodara colina abajo, podría celebrar en un primer momento el movimiento y la aparente independencia. Pero al cabo de poco tiempo, lejos del agua, sus hojas se secarían y sus frutos caerían. Las raíces no eran una prisión, sino la condición indispensable para que el árbol pudiera vivir y dar fruto.
En la sociedad contemporánea ocurre un fenómeno similar. Se ha extendido la idea de que ser libre consiste en fluir sin ataduras, rechazar cualquier límite y actuar según el impulso del momento. Sin embargo, la filosofía clásica nos enseña un principio sencillo pero profundo: “el obrar sigue al ser”. Cada cosa en la naturaleza actúa de acuerdo con lo que es. Un borrador de pizarrón es excelente para borrar, pero fracasa si intentamos usarlo como medio de transporte. De la misma manera, el ser humano posee una naturaleza propia que no puede ignorar sin hacerse daño.
Los límites de nuestra naturaleza no aprisionan la vida; la hacen posible. El cauce de un río no aprisiona el agua, sino que permite que fluya hacia el mar en lugar de desparramarse hasta convertirse en un pantano. Las reglas de la gramática no limitan nuestra capacidad de expresarnos, sino que ordenan las palabras para que el diálogo sea posible. Del mismo modo, la verdad y el bien no reducen nuestra libertad, sino que le señalan el camino para no perderse en la ilusión.
Cuando la inteligencia renuncia a buscar la verdad objetiva, el juicio moral queda reducido a los sentimientos o a los gustos individuales. En ese escenario dominado por el deseo inmediato, la libertad se confunde con el simple capricho. Pero la verdadera libertad no es la capacidad de elegir cualquier cosa por arbitrariedad, sino la facultad de elegir aquellos bienes que perfeccionan nuestra vida. La semilla que busca convertirse en un árbol frondoso realiza su propia naturaleza cuando recibe el abono y el agua que necesita para crecer.
El bien verdadero no es algo que se pueda acaparar de forma egoísta. El bien tiende a difundirse por sí mismo y se expresa de manera plenaria en el bien común. El bien común se parece al idioma: todos podemos participar de él y utilizarlo sin que la aportación de uno le reste valor a la del otro. Una sociedad madura no se construye mediante el enfrentamiento de voluntades ni mediante la imposición de la fuerza, sino compartiendo una idea clara de lo que nos perfecciona como seres humanos.
En el acto de elegir, la inteligencia reconoce primero la realidad, evalúa si una opción es conveniente para nuestra vida y solo entonces la voluntad se dispone a actuar. Elegir el error o la autodestrucción no es una prueba de libertad, sino una falla en el juicio. Por ello, la respuesta frente a las presiones del mundo tecnológico y el relativismo actual no consiste en tener miedo, sino en recuperar la prudencia y el sentido común. La verdadera libertad no consiste en inventar nuestro propio camino a ciegas, sino en tener la sabiduría suficiente para reconocer el bien y la valentía para caminar hacia él.
Reflexión tomada de Méndez, Ó. (2024, 25 de octubre). La libertad en el mundo contemporáneo: Desafíos tecnológicos y la búsqueda del bien común [Conferencia]. Congreso Internacional de Filosofía, Instituto de Formación Filosófica, México. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=EjemploID.
