En esta semana, el Fondo Monetario Internacional (FMI) publicó su reporte de World Economic Outlook (WEO), un documento que se emite de manera semestral y que, para quienes nos movemos en el mundo de las finanzas y los negocios, constituye una hoja de ruta obligada para el análisis. Lamentablemente, la información contenida en esta última edición no presenta el panorama más alentador; por el contrario, dicho informe señala que: "Los nuevos choques en los precios de las materias primas derivados de las tensiones geopolíticas, incluidas las presiones en el sector energético y las interrupciones en las rutas comerciales, amenazan con descarrilar el proceso de desinflación global y socavar la estabilidad de una recuperación que aún muestra cicatrices".

Es decir, en términos finales, existen expectativas de inflación descontrolada a nivel mundial debido a un fuerte choque de oferta en uno de los insumos más importantes para una inmensidad de industrias y procesos que forman parte de nuestro día a día. Este escenario sugiere que la esperanza de una recuperación es, hoy por hoy, sumamente pequeña. El panorama mundial se torna cada día más complejo, alejándose de las condiciones mínimas de estabilidad que requiere cualquier país para generar desarrollo. Lo que estamos presenciando es una fractura de la economía global, donde el "Estrecho de Ormuz" deja de ser una referencia geográfica lejana para convertirse en un factor que golpea directamente el costo logístico del empresas en la Av. Las Industrias en la Ciudad de Chihuahua.

Para México, el panorama no es mejor, pues nos encontramos atravesando crisis internas mientras lidiamos con estos severos golpes externos. Según los indicadores del Sistema de Cuentas Nacionales del INEGI, la economía mexicana exhibe una preocupante dualidad que se ha agudizado en el último semestre: una inflación general que, cada vez más lejos de la meta, se ha mantenido en un promedio del 4.68% en los últimos seis meses, impulsada principalmente por el componente no subyacente —el más sensible a los choques externos—.

A la par de este encarecimiento, el Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE) revela que el crecimiento del PIB ha entrado en una fase de aplanamiento técnico, registrando una variación acumulada de apenas el 0.1% en el mismo periodo. Estas cifras sitúan a nuestra economía en un escenario de terror para cualquier banco central: la "estanflación". Este fenómeno, caracterizado por el estancamiento económico acompañado de un alza persistente en los precios, reduce drásticamente la capacidad de maniobra; las herramientas tradicionales para frenar la inflación suelen profundizar la recesión, mientras que las herramientas anticíclicas suelen impulsar el aumento de precios, dejando a las empresas y hogares en un estado de vulnerabilidad patrimonial constante.

En este contexto, cobran una relevancia especial las advertencias que Agustín Carstens ha realizado en el Banco de Pagos Internacionales (BPI). Carstens ha sido enfático al señalar que los bancos centrales hoy no solo luchan contra desequilibrios domésticos, sino que deben lidiar con "golpes externos de una magnitud y frecuencia sin precedentes que escapan al control de la política monetaria tradicional". Para economías como la nuestra, con una dependencia estructural y profunda de los Estados Unidos, la exposición es máxima. Esta integración nos deja a merced de la volatilidad ajena; somos receptores directos de los choques de oferta globales, lo que obliga a las instituciones a navegar en una tormenta, donde la estabilidad de precios ya no depende solo de cambios en la política económica interna, sino de una geopolítica fracturada que nos golpea en tiempo real.

Ante estas tormentas, Chihuahua tiene la oportunidad de reafirmarse como un puerto seguro para la inversión y el desarrollo a largo plazo. No basta con ser resilientes; hay que generar el desarrollo de la economía Chihuahuense desde un enfoque estratégico, entendiendo el escenario geopolítico global y tomando acciones para blindar a las empresas locales. Tenemos la oportunidad de transitar hacia una mayor independencia energética y una diversificación industrial que nos permita absorber los impactos externos. Al final del día, la mejor defensa para nuestra actividad económica no es intentar aislarnos de la tormenta, sino construir cimientos lo suficientemente sólidos para resistirla.