TUXTLA GUTIÉRREZ.- "¿Cheinmaun, la?", dijo ese hombre, pero que no la vio. O si la vio, no la habrá reconocido. Si la reconoció, no lo habrá creído. Ya nadie recuerda cuándo fue la última vez que la Presidenta Claudia Sheinbaum dejó los aviones militares y se subió a un vuelo comercial.
"Al menos que se haya subido por la parte de atrás. Pero no, subió adelante, pero no, no la vi", reflexionó ya sentado en la sala del aeropuerto chiapaneco, quitándose la gorra y volviéndosela a poner, todavía sin dar crédito.
El viajero dijo que a su llegada escuchó el ruido a sus espaldas. Era el avión del vuelo de Aeroméxico AM 314, Ciudad de México-Tuxtla Gutiérrez, que despegó del AICM con 25 minutos de retraso. Según los videos en redes sociales, otros pasajeros coreaban ¡Presidenta! ¡Presidenta! Él se tomó selfis por si lograba entender algo. Nada. "No se me pasó ni por aquí siquiera", dijo, y de paso se quitó el sudor de la frente con los dedos. Miró de nuevo su reloj, le dio una paradita a su maleta negra entre los pies.Sheinbaum ya se había ido, entre un barullo de marimba, tambora, gritos y bailes de chinelos que le impidieron al hombre acercarse a ver quién había llegado en su mismo vuelo. A esta hora, su esposa, que por falta de boletos tuvo que tomar el vuelo desde el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), ya debería estar aterrizando.
Sheinbaum también prefirió el AICM al AIFA, como casi siempre. Aunque en esta ocasión, prefirió los vuelos comerciales a la comodidad de los jets militares. Un reporte periodístico de marzo pasado, con base en datos de la Plataforma de Transparencia, indicó sólo seis vuelos comerciales en todo 2025, y 17 en aeronaves militares a su servicio. El Jet Gulfstream G550, es su preferido. "Hemos recorrido 84 mil 407 kilómetros por aire y 20 mil kilómetros por tierra, lo que representa haberle dado 2.6 vueltas a la Tierra", dijo en su informe del 1 de septiembre. Su regreso a los vuelos comerciales tomó por sorpresa a los comités de Morena de Suchiapa y Emiliano Zapata que convocaron a su gente desde la medianoche, aunque la Presidenta anunció su vuelo hasta el final de su mañanera. Consiguieron casi un millar de seguidores que miraron a través de los cristales cómo era recibida con un baile de Parachicos, y luego ellos mismos la recibieron a empellones, apretones. A abrazos, gritos, y selfis. El jaloneo llegaba hasta la Presidenta. Le apretaban de más el cuello, la mano, hasta que los de seguridad del hotel los echaban también a empujones. Varias veces la Presidenta tuvo que reprenderlos. "¡No, no, no, así no!". Parecía que necesitaba ese baño de masas. La mirada desde el estribo de la camioneta. El fervor que le confirmaba que el escándalo de corrupción en el INE no es suyo sino de otros. Siempre de otros. El primer evento, un encuentro privado con estudiantes de un Conalep, fue transmitido por sus redes sociales. "Probablemente les voy a hablar como su abuelita, porque sí podría ser su abuelita, tengo 64 años. Cuando yo crecí no había teléfono celular", dijo. El encuentro era una "Jornada Nacional por la Paz en Chiapas". La violencia azota el estado gobernado por Morena desde 2018. En septiembre, el Gobernador Eduardo Ramírez exhibió ante la Presidenta los secuestros, las balaceras, los narcobloqueos que le heredó Rutilio Escandón, hoy cónsul en Miami. "Entramos en segundo lugar nacional de mayor incidencia, una cifra de vergüenza", dijo entonces. Ayer, Sheinbaum y el Secretario de Educación, Mario Delgado, se enfocaron en la adicción al celular y las redes sociales. Los estudiantes mexicanos pasan cuatro horas diarias en el celular, dijeron. "Cuánto entrena Gil Morita? ¿Cuántas horas entrena al día? Como cuatro horas. Imagínense lo que podrían hacer en esas cuatro horas del uso del teléfono", dijo el Secretario. "Es una forma de adicción, es como una droga, no lo puede uno dejar", agregó la Presidenta. Usan algoritmos, obsesionan, modelan conductas, el ideal de belleza. Ya prohibieron el celular en las escuelas, pero pidió a los estudiantes moderar su uso. "Hablamos con ingenieras, ingenieros, muchos de ellos mexicanos que trabajan en las grandes empresas de contenidos de las redes sociales. Un mexicano muy famoso ¿Cómo se llama, Mario?", dijo. Delgado estaba distraído. No supo a quién se refería. "Bueno, a ver ahorita que te acuerdes. Tiene que buscar en el teléfono", dijo ella. El siguiente, la entrega de Becas de Bienestar en Ocozocoautla, era un acto público. Los parachicos, los vendedores de frituras, los estudiantes la esperaban desde las dos de la tarde y ya eran las cuatro. Ahí de nuevo estaba la realidad. En enero pasado, tras la detención de toda la Policía Municipal por presuntos nexos con el narco, el Alcalde Francisco Chambé Morales, del Partido Verde, pidió licencia. Tomó su cargo una regidora de Morena. "Huyó, pero aquí sigue", dijo el vendedor de helados. "Renunció y huyó, pero va y viene", agregó la señora Blanca Margarita que logró pedirle ayuda a la Presidenta contra la destrucción del Cerro Meyapac, un área natural protegida, donde quieren construir un parque industrial. Entre la ola de gente iba caminado Delgado. "Béjar, Arturo Bejar, lo llevamos a la mañanera, pero no me acordaba", dijo, apenado, pero sonriente rumbo al templete. Sheinbaum recordó, cerró su discurso con un Six-Seven. Ese juego viral de redes sociales, que no significa algo, nada, más o menos, casi nada.
