Chihuahua, Chih.- Alas tres de la mañana, cuando Chihuahua todavía dormía y las calles del Centro permanecían oscuras, don Paco salió de su casa acompañado de su compadre Alfredo. No llevaban prisa, pero sí algo que los impulsaba a caminar: una promesa que debía cumplirse.
Don Paco había pedido ayuda a San Judas Tadeo y, después de recibir lo que considera un milagro, prometió que iría a pie hasta la capilla para agradecerle. Aquella madrugada llegó el momento de cumplir su palabra.
El camino comenzó entre calles solitarias, el ladrido de algunos perros y el silencio de una ciudad que apenas descansaba. No había puestos de comida, música ni multitudes. Solamente dos hombres que avanzaban paso a paso, con el cansancio todavía lejos y la fe como motivo para continuar.
Cuando finalmente llegaron a la capilla, cerca de las diez de la mañana, habían transcurrido siete horas desde que salieron de casa.
Siete horas caminando para agradecer.
Quizá les dolían los pies. Quizá lo único que deseaban era sentarse y descansar. Pero habían llegado al lugar que se propusieron alcanzar desde el momento en que dejaron atrás la puerta de su casa.
Y es que hay promesas que no se hacen por costumbre, sino desde la desesperación, el agradecimiento o el amor por alguien. Promesas que nacen cuando una enfermedad golpea a la familia, cuando un problema parece no tener salida o cuando, después de atravesar un momento difícil, una persona siente que recibió una segunda oportunidad.
La historia de don Paco y su compadre Alfredo se repitió este 28 de octubre en miles de chihuahuenses que caminaron hasta la capilla de San Judas Tadeo. Cada uno tenía una razón para estar ahí, aunque no todos estuvieran dispuestos a contarla.
Algunos llevaban una petición; otros, el agradecimiento por la recuperación de un familiar. Había quienes caminaban por sus hijos, por sus padres, por su pareja o por alguien que ya no está. También estaban los que simplemente querían llegar, ponerse frente al santo y decirle, a su manera, gracias.
Cada paso llevaba una historia
Desde temprano, la carretera a Delicias comenzó a llenarse de peregrinos. Cerca de la primera gasolinera, aproximadamente a un kilómetro de la Puerta de Chihuahua, las personas descendían de sus vehículos, acomodaban sus mochilas y se preparaban para recorrer los aproximadamente 15 kilómetros hasta el templo.
Algunos se ajustaban las gorras para protegerse del sol; otros revisaban las botellas de agua y se acomodaban los zapatos antes de comenzar a caminar.
Había hombres con sombrero y pantalón de mezclilla, mujeres que avanzaban junto a sus hijos, jóvenes con tenis y adultos mayores que se apoyaban en bastones improvisados. Varios niños vestían como San Juditas, mientras otros caminaban tomados de la mano de sus padres.
La mayoría sabía que el recorrido no sería sencillo. Una cosa es mirar la distancia desde un automóvil y otra muy distinta sentir cómo los kilómetros se acumulan en las piernas, cómo el calor comienza a cansar y cómo los pies reclaman un descanso. Pero seguían caminando. Unos platicaban para distraerse; otros guardaban silencio. Había familias que se animaban entre sí y personas que avanzaban solas, concentradas en el camino.
En sus brazos llevaban imágenes de yeso de San Judas Tadeo. Algunas eran pequeñas y podían sostenerse con una mano; otras eran más grandes y debían abrazarse con ambos brazos para evitar que se golpearan.
Las cargaban con cuidado, como se protege algo querido.
En ocasiones, un peregrino se detenía para recuperar el aliento. Otros aprovechaban la pausa para beber agua, acomodarse la ropa o revisar que sus familiares continuaran cerca.
Y después volvían a caminar.
Tal vez durante esas horas algunos recordaban los días de preocupación que pasaron junto a un familiar enfermo. Otros pensaban en los problemas económicos, en las dificultades que han tenido que enfrentar o en las personas por quienes elevaron una oración.
Nadie podía conocer todas esas historias con sólo mirar sus rostros. Sin embargo, había algo que las unía: la decisión de hacer el esfuerzo de llegar.
Para ellos, caminar hasta San Juditas no era simplemente cubrir una distancia. Era cumplir una promesa que, por alguna razón, llevaba tiempo esperando.
Caminar con fe, pero también con miedo
El recorrido estuvo marcado por la devoción, pero también por el peligro de caminar junto a una carretera transitada.
A pocos pasos de los peregrinos circulaban automóviles, camiones de pasajeros y tráileres. Las familias tenían que mantenerse atentas al tránsito mientras procuraban no separarse.
Una madre llevaba a su hijo de la mano; un adulto mayor avanzaba lentamente con ayuda de un bastón, y otras personas caminaban procurando mantenerse lo más alejadas posible de los vehículos.
La escena recordaba que, detrás de cada manda, también hay una persona que necesita protección.
Durante la jornada, elementos de Protección Civil, policías y personal de emergencia permanecieron atentos para atender a quienes necesitaran ayuda. Se realizaron revisiones de presión arterial y niveles de azúcar, además de brindar atención a personas que presentaban algún malestar.
El agua y los descansos se volvieron indispensables, especialmente para los niños y los adultos mayores.
Pero entre quienes realizan la caminata persiste una preocupación: la falta de un camino peatonal protegido, separado de la circulación vehicular.
Los peregrinos no piden que alguien camine por ellos ni que desaparezca el esfuerzo que implica cumplir una manda. Piden algo más sencillo: poder avanzar sin tener que estar pendientes de cada automóvil o tráiler que pasa a su lado.
La necesidad se hace evidente cuando una familia camina por la orilla de la carretera y una unidad pesada pasa cerca de ella.
La presencia de las corporaciones de seguridad ayuda a vigilar y atender emergencias, pero no sustituye la necesidad de contar con un espacio adecuado para los caminantes.
Mientras tanto, los automovilistas también resintieron las complicaciones viales. Tractores, camiones de pasajeros y otras unidades permanecieron detenidos durante lapsos de entre una hora y media y dos horas, a la espera de cruzar por la zona del templo.
Para unos, el tiempo transcurría entre la impaciencia y la preocupación por llegar a su destino. Para otros, cada minuto era parte de una promesa que habían decidido cumplir.
La carretera reunió así dos necesidades: la de quienes debían continuar su viaje y la de quienes recorrían kilómetros para encontrarse con el santo de su devoción.
La fe los llevaba hacia la capilla, pero el camino también dejaba una petición pendiente: que la tradición pueda continuar sin poner en riesgo la vida de quienes participan en ella.
El olor de los tacos anuncia que ya falta poco
Después de horas de caminar, el ambiente comenzaba a cambiar. El silencio de los tramos más solitarios quedaba atrás y las voces de los comerciantes anunciaban que la capilla estaba cerca.
El olor de los tacos, las carnitas, los burritos, las tortas y los tacos de tripitas se mezclaba con el de los elotes recién preparados. Había aguas frescas, refrescos, helados, chilindrinas y gorditas de nata para quienes necesitaban recuperar fuerzas.
También ofrecían flores, rosarios, escapularios, veladoras e imágenes de San Judas Tadeo de diferentes tamaños. Otros puestos vendían plantas de ornato, cazuelas de barro, huaraches y hasta chapulines.
La zona se convirtió en una gran verbena popular.
Algunas familias buscaban dónde sentarse a comer; otras compraban flores para llevar al templo o una imagen para colocar en casa. Había quienes apenas llegaban, con el rostro cansado y los zapatos cubiertos de polvo, mientras otros comenzaban a organizar el regreso.
Después de tantas horas, el cuerpo pedía comida, agua y descanso.
Sin embargo, para muchos peregrinos había algo que debía ocurrir antes de pensar en cualquier otra cosa: llegar frente a San Judas Tadeo.
Frente al santo, cada quien sabe qué decir
La fila avanzaba lentamente. Después de esperar su turno, los peregrinos se acercaban a la imagen de San Judas Tadeo, colocada sobre un pedestal de acero de aproximadamente dos metros de altura para protegerla del contacto directo con la multitud.
Entonces ocurría algo distinto.
Quienes durante el camino habían conversado, reído o buscado distraerse del cansancio, ahora guardaban silencio. Algunos se persignaban apenas llegaban; otros juntaban las manos, levantaban la mirada o cerraban los ojos.
Había quienes intentaban tocar los pies de la imagen y quienes sacaban el teléfono para tomar una fotografía. Otros depositaban una limosna en el espacio dispuesto para ello, de acuerdo con sus posibilidades.
Cada persona tenía su propia manera de acercarse.
Algunos llevaban fotografías de familiares que habían estado enfermos y cuya recuperación atribuían a un milagro. Otros ofrecían flores, veladoras o rosarios. También estaban quienes entregaban pequeños papeles con peticiones escritas a mano.
Quizá una madre pedía por la salud de sus hijos. Tal vez alguien agradecía haber superado una enfermedad o una situación que puso en dificultades a toda su familia.
Había rostros sonrientes, ojos húmedos y personas que parecían quedarse sin palabras.
Porque hay momentos en los que resulta difícil explicar lo que se siente. Hay agradecimientos que no necesitan un discurso y preocupaciones que cuesta trabajo poner en voz alta.
Después de recorrer 15 kilómetros, algunos sólo necesitaban unos segundos frente a la imagen para sentir que habían cumplido con aquello que los llevó hasta ahí.
Detrás de ellos, la fila seguía avanzando. Cada peregrino esperaba su turno con la paciencia de quien sabe que, aunque la visita sea breve, representa el motivo de todo el recorrido.
Entre la multitud también estaban quienes habían prometido llegar de rodillas. Desde la entrada avanzaban lentamente, apoyando las rodillas sobre el suelo y haciendo un esfuerzo que volvía más difícil cada movimiento.
Aun con el dolor, continuaban.
Para ellos, la manda no terminaba hasta llegar al lugar que se habían propuesto alcanzar.
Al salir, algunos se dirigían a escuchar misa; otros buscaban a sus familiares o se sentaban a descansar. El cansancio seguía presente, pero también la satisfacción de haber llegado.
Los cantos acompañan la devoción
Afuera del templo, los matachines llenaban de movimiento la celebración. Con sus penachos y vestimentas tradicionales, ejecutaban sus pasos al ritmo de la música, mientras sus voces se mezclaban con el murmullo de los visitantes.
Entre los cantos se escuchaba:
“Allá en el altar mayor se ve brillar, se ve brillar la madre de Santa Rita se ve brillar”.
Algunas personas se detenían a observarlos; otras continuaban entre los puestos o buscaban un lugar para escuchar la misa.
La música, las danzas y las oraciones acompañaban una celebración en la que la fe se expresaba de muchas maneras: en las imágenes que los peregrinos protegían entre sus brazos, en las veladoras encendidas y en las flores colocadas frente al santo.
Era también un encuentro entre generaciones. Había familias que repetían una tradición heredada de sus padres y abuelos, mientras otras llegaban después de haber vivido una situación difícil que las llevó a buscar consuelo.
Cada quien tenía su motivo, su historia y su manera de agradecer.
El regreso a casa
Después de visitar al santo, comenzaba el camino de vuelta.
Algunos peregrinos buscaban quién pudiera acercarlos en una camioneta; otros se dirigían a las rutas de transporte dispuestas para facilitar el traslado y evitar que tuvieran que viajar amontonados en las cajas de las pick ups.
A esas alturas, el cansancio ya no podía ocultarse. Los pies dolían, las piernas pesaban y el cuerpo reclamaba descanso. Algunos se sentaban a comer; otros bebían agua mientras esperaban a sus familiares.
Don Paco y su compadre Alfredo habían salido de casa cuando todavía era de noche. Cerca de las diez de la mañana, después de siete horas de caminata, llegaron a la capilla para cumplir la promesa que habían hecho.
Como ellos, miles de personas terminaron su recorrido con la satisfacción de haber llegado.
Al día siguiente quizá recordarían el sueño, el calor y las molestias en los pies. Tal vez también recordarían las calles oscuras de la madrugada, las pausas para descansar y los kilómetros que parecían no terminar.
Pero, sobre todo, recordarían el momento de estar frente a San Judas Tadeo.
Este 28 de octubre, la carretera a Delicias fue testigo de miles de historias. Personas que salieron de casa con una petición, que caminaron pensando en sus seres queridos y que llegaron al templo llevando consigo mucho más que flores, veladoras o imágenes.
Llevaron sus preocupaciones, sus agradecimientos y los nombres de quienes ocupan un lugar importante en sus vidas.
Mientras avanzaba la tarde, nuevos peregrinos seguían llegando. La fila continuaba, las veladoras permanecían encendidas y las oraciones se mezclaban con las voces de los comerciantes.
La celebración no terminaba para quienes todavía esperaban su turno.
Y aunque cada historia era diferente, todas parecían encontrarse en un mismo lugar: frente a la imagen del santo, después de un camino que exigió paciencia, esfuerzo y voluntad.
Porque para quienes caminan hasta San Juditas, no son solamente 15 kilómetros. Es el recorrido que hacen por alguien a quien aman, por una esperanza que se niegan a perder o por un milagro que creen haber recibido.
Es levantarse de madrugada, soportar el cansancio y seguir cuando los pies comienzan a doler, porque todavía falta llegar.
Y, a veces, para entender cuánto significa una promesa, no hacen falta grandes palabras.
Basta mirar a una persona que, después de caminar durante horas, llega frente al santo, se persigna y cierra los ojos.
Quizá en ese instante recuerda todo lo que vivió, a quién pidió ayuda y por qué decidió emprender el camino.
Después abre los ojos, respira y se retira.
El cansancio se va con ella. La promesa, finalmente cumplida, se queda en el corazón.
En los pies de los fieles quedaron las huellas del esfuerzo y, frente al santo, las palabras muchas veces sobraron
