Chihuahua, Chih.- Yandel Zavala Navarro y Maricruz Cobos Servín, de 54 y 38 años, respectivamente, son dos mujeres que, aunque no se conocen, tienen algo en común: su amor por la docencia. Una profesión que las ha llevado a dar lo mejor de sí para que sus estudiantes aprendan, se cuestionen y sueñen en grande.

En el caso de Zavala Navarro, ella da clases en cuarto grado de primaria en la federal Leandro Valle y, según sus palabras, es el nivel que más le gusta.

Su carrera inició en 1991 cuando comenzó con la enseñanza del inglés tanto en la primaria Maestro Tabasqueño como en la UJAT (Universidad Juárez Autónoma de Tabasco).

“Recuerdo los miedos, las horas de preparación, la emoción de ver a los estudiantes contentos, el deseo de hacer las cosas bien. Regresé a la casa agotada, pero con unas ganas inmensas de volverlo a hacer”.

Su primer día frente a un grupo fue inolvidable; era una primaria humilde, cerca de una parte de la Laguna de las Ilusiones, que rodea la ciudad en Juárez.

“Los niños estaban muy emocionados aprendiendo vocabulario de la escuela, con unas tarjetas que preparé para la clase y cerramos con unos juegos donde dibujaban en el pizarrón usando gises de colores. En la UJAT, mi clase de las siete de la tarde era para ingenieros de Pemex y personal administrativo de dependencias gubernamentales. Me maquillé mucho y me peiné con un chongo alto, para aparentar más edad porque tenía 19 años. El coordinador del Centro de Lenguas ya me había indicado el desarrollo de la clase y estaba todavía más nerviosa que con los niños, pero todo salió bien”.

Si ella no hubiera elegido el camino de la docencia, habría sido abogada.

¿Qué ha cambiado más en los estudiantes desde que empezaste a dar clases?

“En mi opinión, los estudiantes como personas, de cualquier edad, no han cambiado. Lo que ha cambiado es la cantidad y forma de acceso a la información que tienen, porque les da un falso sentido de logro en relación con lo que solicitan en clases”.

Entre los mayores retos para ella es tener siempre en mente que las estrategias de enseñanza no son las mismas que las de aprendizaje, y que cada niño, o estudiante, tiene su proceso y su ritmo.

Pero también, entre las cosas que nunca olvidará y que, inclusive, es mágico, es el ver la carita de un niño cuando lee por primera vez.

“Las cartitas donde escriben ‘te ciero mullo maeta’ como primera producción de textos son muy valiosas también”.

Además, entre las anécdotas, compartió un momento de una mañana de julio, de los últimos días de clases en un grupo de tercero de primaria.

“Como actividad de escritura, indiqué escribir doce renglones acerca de sus planes para vacaciones e hicieran un dibujo al respecto. Uno de mis niños sobresalientes, con quien a la fecha sigo en contacto a través de Facebook, sacó su cuaderno inmediatamente, escribió durante un minuto o dos, lo cerró y se puso a colorear (actividad de tiempo libre). Dejé que pasaran los 25 minutos asignados para terminar y le llamé para revisar inmediatamente, convencida de que no había hecho el trabajo. En su cuaderno estaba la fecha, el título y la instrucción de la actividad…y los doce renglones tenían la palabra leer y al final el dibujo de tres libros”.

En ese momento, la maestra se dio cuenta del pésimo intento de actividad de “redacción” y que debía ser específica en lo que solicitaba a sus alumnos.

“También hice conciencia en que debía pensar en la diversidad de pensamiento y niveles de reto. Escribí para el niño preguntas específicas acerca de su plan de ‘leer’ y su narración la transformamos después en un cuento que ganó un Concurso del Quijote”.

¿Cómo mides si tu trabajo como maestra “funcionó” con un grupo?

“Cuando hay cambio de lenguaje, hay evidencia de aprendizaje; cuando hay modificación en la conducta, hay evidencia de mejora en la actitud; cuando hay preguntas de dudas genuinas, hay interés; cuando hay participación activa, hay motivación”.

Al cuestionarle qué le diría a alguien que piensa estudiar para ser docente, ella dijo que es importante saber que no habrá remuneración económica digna y que las supuestas “muchas” vacaciones “se van como agua de las manos”, pero que es una profesión que permite hacer historia y transcender en muchas vidas y que, por ende, la responsabilidad es abrumadora y hermosa.

Yandel aún aplica algunas cosas que aprendió de sus maestros en las aulas como, saludar todos los días, hablar viendo a los ojos, evitar alzar la voz, decir gracias y por favor, pedir autorización al niño si requiere ayuda.

Según sus palabras, los maestros son profesionales como cualquier otro, y habrá buenos, malos y regulares; habrá quien tiene vocación y quien no, y cada uno con un estilo propio.

“Estar frente a grupo te vuelve más conocido en tu comunidad que salir en televisión, hay 30 pares de ojos puestos en ti durante cuatro horas todos los días, y se agregan los de los padres, abuelos, hermanos, etcétera. La presión es enorme y la habilidad mental para trabajar con las variables de lo que sucede en el salón con el “deber ser” de la SEP implica un reto que es casi 24/7. Por mucho que imaginen eso, no se comprende si no se vive”.

Si pudiera pedir un cambio al sistema educativo sería completar la jornada de trabajo a ocho horas porque agregaría más tiempo efectivo de clase y mejoraría el salario.

“Estamos en un limbo donde en la escuela hay cuatro horas y media (media jornada) que por muchos motivos quedan en tres efectivas de clase, y agregan horas de planeación y realización de materiales diarias en casa, sin remuneración económica”.

Por último, refirió que ser maestra es el rol más hermoso y abrumador de la mujer que es.

EDUCAR, UNO DE LOS ACTOS MÁS VALIOSOS

Maricruz Cobos Servín imparte clases en la primaria David Alfaro Siqueiros, escuela que le gusta mucho ya que, más allá de ser un espacio de trabajo, es un lugar donde diariamente construyen aprendizajes, vínculos humanos y experiencias que marcan la vida de los niños y de los docentes.

“Creo que las escuelas públicas tienen algo muy valioso: reflejan la realidad de nuestra sociedad. Ahí uno aprende a ser maestra no solamente desde lo académico, sino también desde la empatía, la paciencia y la vocación de servicio”.

Cobos Servín decidió ser profesora principalmente por el ejemplo que tuvo de su padre, quien fue profesor de Educación Física.

“Desde muy pequeña lo acompañaba mucho en actividades deportivas, entrenamientos y eventos con niños, y ahí fui entendiendo la relación tan importante que puede llegar a construir un maestro con sus alumnos. Desde entonces aprendí que un docente no solamente enseña contenidos o habilidades, sino también influye en la seguridad, la motivación y hasta en la forma en que los niños se perciben a sí mismos. Ver el cariño y el respeto que sus alumnos le tenían a mi papá me hizo comprender el valor humano que tiene esta profesión”.

Con el tiempo y la experiencia docente, confirmó que este era su camino, sobre todo cuando empezó a convivir directamente con alumnos y entendió que enseñar va mucho más allá de transmitir conocimientos, también implica acompañar procesos emocionales, formar valores, despertar curiosidad y muchas veces convertirse en una figura significativa para los niños.

Ahí fue cuando supo que esto no era solamente una profesión para ella, sino una verdadera vocación.

“Porque incluso en los días difíciles sigo sintiendo que trabajar con niños y aportar algo positivo a su formación tiene un enorme sentido ético, humano y social”.

Su primer día frente a grupo fue el 1 de septiembre de 2009, con un segundo año de primaria de 48 alumnos.

“Fue una experiencia muy significativa para mí y, al mismo tiempo, llena de retos. Recuerdo un salón muy pequeño para la cantidad de niños que había; prácticamente no cabíamos. Sin embargo, más allá de las condiciones físicas, lo que más recuerdo es el enorme esfuerzo colectivo que hacíamos todos por aprender”.

Era un grupo donde tanto los alumnos como Maricruz iban creciendo juntos. Trataban de salir adelante a pesar de las dificultades del contexto en el que muchos de los niños vivían, y buscaba constantemente actividades dinámicas y diferentes para que el aprendizaje realmente llegara a todos, aun siendo un grupo tan numeroso.

“Creo que esa experiencia me enseñó muy pronto que la docencia no depende solamente de tener condiciones perfectas, sino de la capacidad de construir vínculos, generar confianza y encontrar maneras de motivar a los alumnos incluso en escenarios complejos”.

Además recordó con mucho cariño el respeto y la admiración que recibía por parte de los padres de familia.

“En muchos sectores de las orillas de la ciudad, la figura del maestro todavía representa una autoridad moral y una esperanza para las familias, y sentir ese respaldo desde mis primeros años como docente fue algo que marcó profundamente mi vocación”.

Al igual que Yandel, de no haber sido sido maestra hubiera elegido ser abogada, porque desde siempre ha tenido una personalidad muy sensible ante las injusticias y el abuso de poder.

“Me cuesta mucho quedarme callada cuando veo situaciones donde alguien es tratado de manera injusta o donde no existe empatía hacia los demás. Creo que tanto en la docencia como en el Derecho existe algo en común: el deseo de defender, orientar y ayudar a las personas desde un sentido humano y ético. Al final, aunque elegí la educación, sigo pensando que ser maestra también implica levantar la voz muchas veces por los niños, por sus derechos, por sus necesidades y por una educación más justa; por eso considero que, de una u otra manera, mi vocación siempre habría estado relacionada con trabajar por las personas y por generar un impacto positivo en la sociedad”.

Maricruz refirió que en lo que respecta al momento en el que comenzó a dar clases a la fecha, han cambiado algunas cosas no sólo con los estudiantes sino también con los estilos de crianza y la dinámica familiar que rodea a los niños.

“Actualmente vivimos en una sociedad donde, en muchas ocasiones, se habla mucho de los derechos de los alumnos —que por supuesto son fundamentales—, pero a veces dejan en segundo plano la importancia de las responsabilidades, los límites, las consecuencias y el compromiso personal. Y eso inevitablemente impacta en la escuela, porque la educación no recae únicamente en el docente; es un trabajo que debe construirse también desde casa”.

Dicho lo anterior, la maestra dijo que como personal educativo, también tienen el reto de comprender que las generaciones cambian y que los niños de hoy crecen en contextos completamente distintos a los de hace quince o veinte años.

“Hoy enfrentan una sobreexposición a la tecnología, cambios sociales muy rápidos y muchas situaciones emocionales complejas desde edades muy tempranas. Por eso considero que la labor docente actual exige mucho más que enseñar contenidos académicos. Nos obliga a desarrollar empatía, escucha, inteligencia emocional y una enorme capacidad de adaptación. Aun así, sigo creyendo profundamente en el potencial de los niños y en que, cuando existe trabajo en conjunto entre familia y escuela, todavía podemos formar alumnos responsables, críticos y humanos”.

De acuerdo con sus palabras, el reto más grande de enseñar hoy en día es lograr formar seres humanos en medio de una sociedad que avanza muy rápido, pero que a la vez emocionalmente también enfrenta muchas carencias.

“Actualmente los maestros no solamente enseñamos matemáticas, lectura o ciencias; también acompañamos procesos emocionales, atendemos problemáticas familiares, tratamos de fortalecer valores y buscamos mantener motivados a niños que crecen rodeados de distracciones, tecnología e inmediatez. Y todo eso ocurre dentro de un mismo salón de clases, con alumnos completamente distintos entre sí”.

Otro gran reto es entender que enseñar no significa sólo transmitir información, sino lograr que el alumno encuentre sentido a lo que aprende. Eso exige creatividad, preparación constante y muchísima sensibilidad humana por parte del docente.

“A pesar de las dificultades, sigo creyendo que la educación tiene un enorme poder transformador. A veces un maestro no alcanza a dimensionar el impacto que puede tener una palabra de apoyo, una oportunidad o simplemente creer en un niño cuando nadie más lo hace. Y precisamente por eso considero que enseñar sigue siendo una de las profesiones con mayor responsabilidad social y humana”.

Entre las experiencias que jamás olvidará y que marcó profundamente su manera de entender la educación está una que tuvo con un alumno con discapacidad auditiva y del habla.

“Al inicio fue un reto importante, porque entendimos que no bastaba con que él intentara adaptarse al grupo; el grupo también tenía que aprender a comunicarse con él. Poco a poco comenzamos a aprender lenguaje de señas dentro del salón. Lo más bonito fue ver cómo los mismos niños se interesaban genuinamente por aprender para poder convivir, jugar y comunicarse con su compañero. Entre todos fuimos construyendo una dinámica donde la inclusión dejó de ser solamente un discurso y se convirtió en una experiencia real y cotidiana”.

Recordó que muchas veces los alumnos aprendían señas nuevas y llegaban emocionados a practicarlas.

“Verlos comunicarse naturalmente con su compañero fue algo muy conmovedor, porque entendí que los niños tienen una enorme capacidad de empatía cuando son educados desde el respeto y la sensibilidad humana. Esa experiencia me enseñó que la educación también consiste en aprender a mirar las diferencias no como limitaciones, sino como oportunidades para crecer juntos como comunidad. Y sinceramente creo que ese alumno nos enseñó mucho más a nosotros de lo que nosotros pudimos enseñarle a él”.

¿Cómo consideras el impacto de tus enseñanzas en un grupo?

“Creo que el trabajo de un maestro no puede medirse únicamente por una calificación o por un examen. Claro que el aprendizaje académico es importante, pero para mí saber si mi trabajo funcionó con un grupo va mucho más allá de eso”.

Maricruz lo percibe cuando ve a sus alumnos más seguros de sí mismos, cuando aprenden a expresar sus ideas, cuando desarrollan empatía entre ellos o cuando descubren capacidades que ni ellos mismos sabían que tenían; también, cuando un niño que antes no participaba comienza a levantar la mano, cuando alguien mejora su convivencia o cuando los alumnos empiezan a sentirse capaces de aprender.

“Además, algo muy significativo para mí es el vínculo que se construye con las familias. Cuando los padres de familia confían en el trabajo docente y reconocen cambios positivos en sus hijos, uno entiende que el impacto sí está llegando más allá del aula. Creo que, al final, un maestro realmente ‘funciona’ cuando deja huellas positivas en sus alumnos, incluso años después. Porque muchas veces los niños olvidan algunos contenidos, pero jamás olvidan cómo los hizo sentir un maestro”.

Para aquellas que quieren dedicarse a la docencia, Maricruz dijo que es una profesión profundamente humana. Que más allá de los planes, las estrategias o los contenidos, trabajar en educación implica aprender a conectar con personas, entender contextos y acompañar procesos de vida.

“También les diría que no es una profesión sencilla. Ser maestro exige preparación constante, paciencia, equilibrio emocional y mucha vocación, porque muchas veces el trabajo que hacemos no siempre es visible o reconocido como debería. Sin embargo, también es una de las pocas profesiones donde realmente puedes influir de manera positiva en el futuro de alguien”.

Señaló que quien decide estudiar para ser maestro debe hacerlo entendiendo la enorme responsabilidad social que implica formar niños y jóvenes; que un docente puede despertar seguridad, motivación, pensamiento crítico e incluso cambiar la manera en que un alumno se percibe a sí mismo.

“Y aunque existen días difíciles, sigo pensando que pocas cosas se comparan con la satisfacción de ver crecer a un alumno, verlo superar obstáculos y saber que, de alguna manera, uno aportó algo bueno en su camino”.

Al término de la entrevista, compartió que ser maestra es una responsabilidad muy humana y entender que todos los días uno tiene en sus manos no solamente el aprendizaje académico de los niños, sino también parte de su seguridad, su autoestima y la manera de mirar el mundo.

“Es una profesión que exige mucho emocionalmente, es sumamente agotadora y muy desvalorizada. Sin embargo, educar implica acompañar historias, contextos y necesidades muy distintas al mismo tiempo, es una labor que da muchísimo sentido a la vida cuando uno logra ver que un alumno avanza, crece y se siente capaz. Ser maestra también es aprender constantemente. Los niños todos los días nos enseñan algo sobre empatía, creatividad, resiliencia y hasta sobre nosotros mismos”.

Enfatizó en que, aunque muchas veces la docencia enfrenta retos enormes, sigue creyendo que educar es uno de los actos más valiosos para transformar una sociedad.

“Porque detrás de cada profesionista, de cada ciudadano y de cada persona, siempre hubo un maestro que dejó alguna huella”, finalizó.

En México, cada 15 de mayo celebran el Día del Maestro, una fecha en la que buscan visibilizar y reivindicar la labor de todos los docentes del país.

Ser maestra para mí es el rol más hermoso y abrumador de la mujer que soy” Yandel Zavala Navarro

Educar es entender que todos los días uno tiene en sus manos no sólo el aprendizaje académico de los niños, sino también parte de su seguridad, autoestima y la manera de mirar el mundo” Maricruz Cobos Servín