Chihuahua, Chih.- Frente a los 737 suicidios registrados en Chihuahua entre 2025 y lo que va de 2026, la psicóloga criminológica Diana Alejandra Martínez Ávila hizo un llamado a replantear la forma en como la sociedad enseña a enfrentar el dolor emocional.
La especialista en Intervención Clínica sostiene que el suicidio rara vez es consecuencia de un sólo hecho, como un problema económico o una ruptura, sino el desenlace de una historia que llevaba mucho tiempo escribiéndose en silencio.
“Hay personas que mueren mucho antes del día en que su corazón deja de latir. No porque su cuerpo haya dejado de funcionar, sino porque durante años aprendieron a vivir lejos de sí mismas”, plantea Martínez Ávila.
La psicóloga explicó que desde temprana edad enseñan a construir una armadura hecha de frases como “sé fuerte”, “no llores”, “tú puedes con todo”, “no decepciones” o “no muestres debilidad”.
Si bien al inicio protege, con el tiempo es en una carga que impide respirar, abrazar y sentir.
“Las armaduras sirven para atravesar batallas, no para convertirlas en una forma de vivir. Nadie duerme con una armadura. Cuando permanece demasiado tiempo sobre nosotros, comienza a oxidarse”.
“Quizá la prevención del suicidio comienza mucho antes de una consulta psicológica. Comienza cuando aprendemos a escuchar sin juzgar. Preguntar directamente a alguien si ha pensado en quitarse la vida no le da la idea; al contrario, puede abrir un espacio seguro para hablar y buscar ayuda”
Diana Alejandra Martínez Ávila, Psicóloga criminológica
El peso en los hombres
Martínez Ávila vincula directamente esa armadura con la estadística estatal: el 81.1por ciento de las personas que mueren por suicidio en Chihuahua son hombres, y una proporción importante se concentra entre los 23 y 35 años, etapa de mayor exigencia social de ser proveedores y resolutivos.
“Quizá nunca les enseñamos a dejar de sentir. Les enseñaron a esconder lo que sentían. Muchos crecieron creyendo que llorar era sinónimo de debilidad, que pedir ayuda significaba fracasar”, señaló.
Así mismo explicó que en los hombres el dolor silenciado no siempre se manifiesta como llanto, sino como irritabilidad constante, explosiones de enojo, conductas de riesgo, refugio en el trabajo excesivo, alcohol o aislamiento.
“En muchos casos, el deseo no es terminar con la vida, sino encontrar una forma de que termine un sufrimiento que es insoportable”.
La especialista aclaró que no es un tema exclusivo de hombres, ya que, las mujeres cargan otra armadura: la de tener que demostrar que pueden con todo, ser exitosas, cuidar de todos y seguir sonriendo aun agotadas.
En el caso de los jóvenes, advierte que crecen comparándose con imágenes de perfección en redes, buscando aceptación en un mundo que cambia constantemente y con mensajes contradictorios sobre cómo deberían ser.
“Nos hemos acostumbrado a hablar del éxito, pero muy poco del vacío. Celebramos a quien nunca descansa. Admiramos a quien siempre puede”.
Martínez Ávila recordó que las emociones que no encuentran palabras no desaparecen: se transforman en ansiedad, enojo, tristeza inexplicable, enfermedades, adicciones o soledad aun estando rodeados.
Por ello, llamó a construir familias donde los niños puedan llorar sin vergüenza, donde los hombres puedan expresar miedo sin sentirse menos hombres, escuelas que enseñen a reconocer emociones con la misma importancia que las matemáticas y centros de trabajo donde hablar de salud mental deje de ser tabú.
“Quizá la prevención del suicidio comienza mucho antes de una consulta psicológica. Comienza cuando aprendemos a escuchar sin juzgar. Preguntar directamente a alguien si ha pensado en quitarse la vida no le da la idea; al contrario, puede abrir un espacio seguro para hablar y buscar ayuda”.
De igual forma, dijo que las armaduras fueron hechas para atravesar batallas, nunca para convertirse en una segunda piel. “Ojalá podamos construir una sociedad donde quitarnos la armadura no sea motivo de vergüenza, sino un acto de confianza”, finalizó.
