Chihuahua.- En una época en la que las carreteras eran angostas, muchas veces de doble sentido y sin los grandes distribuidores viales de la actualidad, dos hermanos chihuahuenses desafiaron la distancia sobre máquinas que hoy muchos considerarían insuficientes para una aventura de tal magnitud.

Francisco “Pancho” Montes Peña, de 73 años, ingeniero de profesión, recuerda que su pasión por las motocicletas comenzó cuando apenas tenía 12 o 13 años. Desde entonces, las motos forman parte de su vida, de su trabajo y de sus viajes por gran parte de la República Mexicana.

“Yo siempre tuve motos chiquitas. Con la que fui hasta el Distrito Federal era una Honda 90. Me daba entre 90 y 100 kilómetros por hora, y aunque los carros me rebasaban, yo seguía adelante”, relata con una sonrisa.

La carretera en la sangre

La afición no surgió por casualidad. Su padre era un agente viajero que recorría constantemente el estado de Chihuahua vendiendo mercancías y levantando pedidos.

“Desde niños traíamos la carretera pegada en la sangre. Mi papá andaba por todo el estado y muchas veces nos mandaba solos a cobrar o a levantar pedidos. Íbamos y veníamos en moto sin problema”, recuerda Pancho.

Así, mientras otros jóvenes apenas comenzaban a manejar, Pancho y su hermano José Antonio, conocido como “Toño” o “El Tigre”, ya viajaban a Delicias, Cuauhtémoc, Base Aérea de Chihuahua, la Sierra Tarahumara y numerosos poblados del estado.

Uno de los viajes que más recuerda fue el que realizó hacia el entonces Distrito Federal.

Sin embargo, su destino no era el caos de la capital.

“Yo decía ‘voy al D.F.’, pero en realidad lo que hacía era darle la vuelta por Puebla y Atlixco. A mí me gustaba pueblear, andar por los caminos y conocer lugares. El D.F. no me gustaba para entrar en moto”, comenta.

Conocía perfectamente la región de tanto viaje a aquella región.

“Desde niños traíamos la carretera pegada en la sangre. Mi papá andaba por todo el estado y muchas veces nos mandaba solos a cobrar o a levantar pedidos. Íbamos y veníamos en moto sin problema”

Para una motocicleta de 90 centímetros cúbicos, aquella travesía representó toda una hazaña.

Mazatlán, Durango y la vieja carretera Los hermanos Montes no se conformaron con viajes cortos. Con el tiempo los viajes se hacían más constantes y en motos de 90, 110, 125 y en la última que tuvo, una 150cc en la cual recorrió varias veces Mazatlán, Durango, Puerto Vallarta, Guadalajara y la Sierra Tarahumara, donde los caminos aún eran de terracería, pero donde más nos gustaba llegar era a Creel y la zona de la cascada de Basaseachi.

Pancho habla con especial cariño de la antigua carretera Durango–mazatlán, famosa por sus curvas y barrancos.

“Era una carretera de cuidado, muy curveada, la cual le nombran El Espinazo del Diablo”, pero a mí siempre me fascinó. Ahora está la nueva de paga, pero la vieja tenía algo especial”, afirma.

En aquellos años no existía la violencia que hoy preocupa a muchos viajeros.

“Llegábamos a cualquier pueblo y éramos bien recibidos. Dormíamos a unos 50 metros de la carretera por seguridad, por si ocurría algún accidente en el camino”, recuerda.

Carreteras estrechas y mucho valor

Las rutas de entonces poco se parecían a las actuales.

“Había carreteras tan angostas que si se encontraban dos camiones, los conductores casi podían percibir el aroma del café que traía el otro. Y muchas eran de un carril por sentido, sin acotamientos”, cuenta entre risas.

Aun así, la distancia nunca fue un obstáculo.

“Para mí no era problema. Aunque la moto fuera pequeña, llegábamos”, dice convencido.

La anécdota que sorprendió a los motociclistas de gran cilindrada

Una de las historias más recordadas ocurrió en un restaurante del poblado de Tepalcates.

Cada domingo se reunían ahí decenas de motociclistas con Harley-davidson, BMW y otras motos de gran cilindrada. La mayoría acudía únicamente para recorrer unos 70 u 80 kilómetros y regresar a casa.

Cuando Pancho y Toño llegaron en sus pequeñas motocicletas una de 90cc y otra de 125 cc, los asistentes quedaron sorprendidos.

“Nos preguntaron: ‘¿Y ustedes a dónde van?’. Les dijimos: ‘A Mazatlán, luego a Puerto Vallarta y después a Guadalajara’. Se quedaron impresionados. Nos dijeron que mientras ellos iban y venían de Durango, nosotros íbamos a recorrer una cantidad enorme de kilómetros en esas motos tan pequeñas”.

Para muchos de aquellos motociclistas, los hermanos chihuahuenses dieron una verdadera lección de pasión y determinación.

Una vida sin accidentes graves

Pese a recorrer miles de kilómetros durante décadas, Pancho asegura que nunca sufrió un accidente serio, pero si los tuvo.

“Mucha gente decía que la moto era muy peligrosa. Conocí muchos amigos que murieron en motocicleta, pero a mí nunca me pasó nada. Siempre fui muy cuidadoso”, aunque algunos años atrás se quebró la pierna y la clavícula, comenta.

Su padre insistía constantemente en que tuviera precaución, pues conocía bien los riesgos de la carretera.

La herencia sobre dos ruedas

Hoy, la famosa motocicleta Suzuki 150 que durante años acompañó a Pancho en sus recorridos y la cual conservó por años de todas las demás, ya tiene una nueva dueña, Aina Victoria Montes Campos, su nieta.

La joven la ha modificado a su gusto y la utiliza para desplazarse por la ciudad de Chihuahua, manteniendo viva una tradición familiar que comenzó hace más de seis décadas.

Mientras observa la motocicleta, Francisco Montes Peña resume toda una vida de aventuras en una sola frase:

“La cilindrada nunca fue lo importante. Lo importante era tener ganas de salir, prender la moto y seguir la carretera hasta donde nos llevara”. Y así comenzó todo, sobre una humilde Honda de 90 centímetros cúbicos, dos hermanos chihuahuenses demostraron que las grandes travesías no siempre necesitan grandes motores. (