La Macarena necesitaba que se le hiciera un retoque.
En esto estaban de acuerdo muchos en Sevilla, una ciudad con una devoción acérrima a una afligida estatua de madera del siglo XVII de la Virgen María. En junio, los miembros de la Hermandad de la Macarena, encargados durante siglos de proteger la imagen, la sacaron de su santuario para hacerle algunos retoques. Pero la Macarena —que tiene el mismo nombre que la canción cantada por un dúo local que conquistó estadios y bar mitzvás en la década de 1990— volvió del taller de un restaurador con una operación estética total en los ojos.
El retoque le dio pestañas más largas, un aspecto más ahumado en la mirada y cambios en la piel y la nariz. La indignación entre los habitantes de la ciudad, muchos de los cuales llevan medallones y pulseras de la Macarena, se extendió a los bares de tapas de Sevilla adornados con carteles de la Macarena, donde los televisores reproducen en bucle continuo la procesión de la Macarena previa a la Pascua.
“No fue un buen trabajo”, dijo con angustia Salvador Fernández, de 84 años, cofrade desde hace mucho tiempo, una mañana reciente tras inclinarse ante la Macarena, quien lloraba sus lágrimas de cristal en el altar mayor de la basílica que lleva su nombre.
“Fue como si la hubieran maquillado”, dijo su esposa, Consuelo Murga, de 75 años. “¡Y la Macarena no puede estar maquillada!”.
Más que un maquillaje mal hecho, la restauración fallida se ha convertido en el escándalo del verano sevillano, inyectando luchas internas e inestabilidad política a la hermandad de 18.000 cofrades, uno de los muchos grupos religiosos relacionados con diversas imágenes sagradas arraigadas en la cultura sevillana. También ha inflamado los resentimientos del sur contra los norteños que, al enterarse del escándalo, se han burlado de las costumbres folclóricas de Sevilla.
Por encima de todo, el episodio reveló una profunda veneración por la Macarena, y todos, desde tradicionalistas con políticas de extrema derecha hasta aficionados a la cultura drag-queen, salieron en su defensa.
Todo empezó de forma bastante inocente.
En mayo, la junta de gobierno de la hermandad le pidió a Francisco Arquillo Torres, catedrático de restauración de la Universidad de Sevilla, que realizara una ligera limpieza de la estatua. Arquillo, de 85 años, había trabajado en la figura lo suficiente a lo largo de los años como para ser llamado el “médico de la Virgen”.
Propuso una revisión general, pero también la eliminación de manchas en un conducto lagrimal, una inspección de las pestañas y las lágrimas y una limpieza de la superficie. La hermandad estuvo de acuerdo, y así la Macarena pasó bajo el cepillo.
David, hijo de Arquillo Torres y también profesor de restauración en la universidad, asistió el proceso. En 2013, había presentado un trabajo en una reunión de cirujanos plásticos en Barcelona en el que señalaba las similitudes en los procedimientos para pacientes humanos y de madera, incluyendo “los peelings, la cirugía reconstructiva, las reconstrucciones faciales, los microinjertos capilares, las lesiones pigmentadas, la luminosidad e hidratación de la piel”.
Los Arquillo decidieron —según un informe emitido posteriormente por la hermandad— esperar a que la Macarena estuviera de vuelta en la basílica para volver a aplicarle las pestañas, justo antes de volver a vestirla con su tradicional y suntuoso manto bordado y su pesada corona dorada.
Pero mientras los trabajadores recolocaban cuidadosamente a la Macarena en su santuario, algunos funcionarios de la hermandad notaron que algo estaba mal.
Intentaron, sin éxito, ponerse en contacto con el profesor y conseguir que volviera a la basílica. Aun así, decidieron abrir la iglesia la mañana del 21 de julio para la veneración pública e incluso aclamaron el regreso triunfal de la Macarena en las redes sociales. Fue una mala decisión, declaró más tarde a un periódico local el dirigente de la hermandad, el hermano mayor José Antonio Fernández Cabrero, atribuyendo su falta de juicio al “shock emocional” por la apariencia de la Macarena.
Los devotos de la Virgen se amontonaron para verla bien. Entre ellos estaba Jorge Pulgar Salgado, de 35 años, nuevo miembro de la hermandad, quien había retrasado una escapada de fin de semana con su novio para ver a la Macarena.
Pulgar, un entusiasta tanto de las procesiones de Semana Santa como de los desfiles de drag queen (“Soy como la Anna Wintour de la Semana Santa”), dijo más tarde que se sentó en el primer banco y levantó la vista con horror.
“Madre”, dijo que pensó. “¿Qué te ha pasado?“
La junta de la hermandad entró en modo de emergencia.
Por la tarde, habían convocado a la iglesia al profesor (quien, al igual que su hijo, declinó hacer comentarios para este artículo) y a otros restauradores locales, entre ellos un especialista en pestañas y, según la hermandad, un “artesano en la aplicación de postizos artificiales”. Cerraron la iglesia y los expertos se pusieron a trabajar.
Cuando la iglesia volvió a abrir más tarde ese mismo día, la Macarena tenía las pestañas más cortas. Pero los devotos dijeron que las cosas habían empeorado aún más. Los restauradores volvieron a reunirse aquella noche, pero solo alteraron más la expresión de la virgen.
Fotos del antes y el después —y el después y el después— circularon por la red y por la ciudad. A la noche siguiente, Pulgar se unió a los manifestantes que exigían transparencia y respuestas. Así que los miembros de la junta acordaron enviar a la virgen a los expertos para que le hicieran radiografías que permitieran conocer mejor su estado, y convocaron una votación sobre qué hacer a continuación.
Pero en la semana anterior a la votación, las teorías conspirativas se extendieron por la hermandad. Muchos miembros dijeron que sospechaban que los miembros de la junta trataban de precipitar la restauración para obtener ventaja en las elecciones de noviembre. La teoría era que, actuando con rapidez, la junta podría afirmar que había conseguido poner a la Macarena en buen estado para el acto principal de la procesión de Semana Santa de la próxima primavera, cuando esta atravesaría la ciudad en una enorme carroza adornada con velas encendidas.
La noche del 29 de julio, más de 1800 hermanos abarrotaron la iglesia, pero también las salas de los edificios colindantes, donde se instalaron altavoces y un circuito cerrado de televisión.
Mientras el hermano mayor Fernández, que declinó una solicitud de comentarios a través de un portavoz de la hermandad, expresaba su arrepentimiento por lo ocurrido, los miembros de la iglesia pidieron su dimisión y gritaron insultos. A continuación, cedió la palabra a Pedro E. Manzano Beltrán, destacado conservador de un instituto regional.
A lo largo de una hora, y con la ayuda visual de radiografías, Beltrán pintó un panorama de intervenciones torpes, en las que hubo exceso de pintura y pestañas nuevas mal aplicadas en una operación estética en la cara de la Macarena. Dijo que había encontrado problemas más profundos, que posiblemente requerían la erradicación de insectos.
En un correo electrónico posterior, dijo que era necesaria una restauración importante para deshacer el daño y “recuperar la personalidad de la imagen”.
En la reunión, el profesor Arquillo y su hijo defendieron su trabajo. Dijeron que las pestañas de la Macarena se habían aplicado en último lugar para evitar que la pintura en aerosol las dañara, y que, al vestirla, las pestañas se movieron accidentalmente antes de que pudieran secarse, lo que causó daños.
Levantaron sus propias fotos y gritaron: “Esta es la Virgen tal como la dejé”, dijo Pulgar, quien añadió que la Macarena, desde su santuario sobre el altar, “estuvo observando todo el tiempo”.
Los miembros de la hermandad votaron abrumadoramente a favor de otra restauración, que se planeó que comenzara hace unos días, aunque algunos miembros, como Rosita Portillo, de 62 años, propietaria de un restaurante decorado con la Macarena a la vuelta de la esquina, entregaron un voto en blanco. Afirmó que no iba a tomar partido.
La reunión terminó casi a las 4:00 a. m., y en los días siguientes Sevilla intentó seguir adelante, mientras los fieles seguían haciendo fila para visitar la Macarena.
Pero tomando cervezas en los locales sevillanos dedicados a la Macarena, los miembros de la hermandad se compadecen, lanzan críticas para el hermano mayor, sus orígenes y costumbres norteñas(“¡Bebe Coca-Cola con vino tinto!”), y ofrecen valoraciones técnicas.
“Todo el mundo se cree escultor”, dijo Sergio Bermúdez, de 40 años, dueño del bar Rosa de San Gil, detrás de la basílica. Sevilla, dijo, necesita centrarse en arreglar el rostro de la Macarena, “no en quién es culpable”.
El padre Amador Domínguez Manchado estuvo de acuerdo. Tras celebrar una misa en la basílica el domingo por la noche, dijo que confiaba en que la próxima operación sería un éxito.
“Si un médico opera un rostro, imagínate lo que puede hacer un restaurador”, dijo, y añadió que, independientemente del aspecto de la Macarena, lo que importaba era lo que llevaba dentro, o más bien lo que inspiraba a los demás. “Si te pones pestañas postizas, sigues siendo la misma persona”.