Washington.- La política exterior del presidente Donald Trump ha variado drásticamente en todo el mundo, pero se ha mantenido consistente en su naturaleza agresiva y su dependencia del uso de la fuerza.

Ha capturado al líder de Venezuela mientras se apropia del petróleo del país y ataca embarcaciones civiles cercanas. Ha empujado a Cuba a una crisis humanitaria mediante un bloqueo, y ha afirmado su derecho a controlar Canadá y Groenlandia. Además, ha reunido la mayor fuerza militar estadounidense en Medio Oriente desde la invasión de Irak en 2003, amenazando con una nueva guerra contra Irán tras los ataques del pasado junio.

Trump denomina a su política “Estados Unidos primero”, un objetivo enfocado en los intereses estadounidenses tal y como él los define. Pero no se trata de aislacionismo ni un repliegue del mundo, como han argumentado algunos analistas. Tampoco se ha manifestado aún en un impulso para crear “esferas de influencia”, en las que el gobierno se contentaría con dominar solo el hemisferio occidental y dejar otras regiones a potencias rivales.

Desde cierto punto de vista, es una resurrección de la misión del imperio —adquirir los territorios y recursos de pueblos soberanos— que animó a las potencias europeas y a otras potencias bien armadas hasta el siglo XX. También es una aceptación, e incluso una celebración, de las historias imperiales occidentales.

En su discurso de investidura del año pasado, Trump elogió al presidente William McKinley, quien transformó Estados Unidos en un imperio de ultramar durante la guerra hispano-estadounidense al adquirir Filipinas, Guam y Puerto Rico.

La forma de primacía estadounidense de Trump fue articulada más claramente por el secretario de Estado Marco Rubio a principios de este mes en un discurso pronunciado en la Conferencia de Seguridad de Múnich.

“Durante cinco siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente había estado en expansión: sus misioneros, sus peregrinos, sus soldados, sus exploradores salían de sus costas para cruzar océanos, colonizar nuevos continentes, construir vastos imperios que se extendían por todo el mundo”, dijo Rubio ante una audiencia compuesta principalmente por funcionarios europeos.

Después de 1945, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y Europa quedó en ruinas, “Occidente” se “contrajo”, dijo Rubio.

Condenó los movimientos independentistas anticoloniales al vincularlos a la ideología comunista y culparlos de erosionar el poder occidental. “Los grandes imperios occidentales habían entrado en un declive terminal, acelerado por revoluciones comunistas impías y por levantamientos anticoloniales que transformarían el mundo y extenderían la hoz y el martillo rojos por vastas franjas del mapa”, dijo.

A continuación, Rubio dijo que el gobierno de Trump no quería aliados “encadenados por la culpa y la vergüenza”, utilizando el mismo lenguaje que Alternativa para Alemania, o AfD, el partido alemán de extrema derecha.

“Queremos aliados que estén orgullosos de su cultura y de su patrimonio, que comprendan que somos herederos de la misma gran civilización noble y que, junto con nosotros, estén dispuestos y sean capaces de defenderla”, dijo.

Más adelante en el discurso, advirtió del “borrado civilizacional”.

Rubio fue ovacionado. Su discurso, aunque rebosante de duras críticas a las naciones europeas, evocó la historia compartida de Estados Unidos y Europa. Para algunos historiadores y conservadores estadounidenses, el discurso también encapsuló ideas sobre el liberalismo y el declive de Occidente expresadas décadas antes por los escritores de derecha James Burnham y Pat Buchanan.

A medida que Trump impulsa acciones beligerantes —amenaza con la guerra contra Irán casi a diario, y volvió a hablar de Groenlandia el pasado fin de semana—, algunos analistas han considerado el discurso de Rubio como una señal de lo que está por venir.

“Rubio reflejó con exactitud la situación actual de la política exterior de Trump”, dijo Stephen Wertheim, historiador del poder estadounidense en la Fundación Carnegie para la Paz Internacional. “A pesar de los temores generalizados de que Trump podría aislarse del mundo, trabaja para revigorizar el dominio militar estadounidense en todos los ámbitos. Es el globalismo de Estados Unidos primero. Lejos de abandonar las alianzas, Trump las está convirtiendo en plataformas de coerción”.

La celebración del imperio habría sido normal en Europa a principios del siglo XX, “pero está fuera de lugar en un mundo que se ha descolonizado y democratizado”, dijo Wertheim.

Nader Hashemi, estudioso de la política de Medio Oriente en la Universidad de Georgetown, dijo que, a medida que Trump y Rubio impulsen sus políticas imperiales, “las consecuencias para las relaciones internacionales serán enormes, especialmente en el sur global, donde la identidad política de la mayoría de los Estados-nación se formó en el contexto de una lucha de descolonización contra el imperialismo occidental”.

“En el mundo árabe-islámico”, añadió, “las fuerzas extremistas explotarán esta evolución para atraer nuevos reclutas”. Y Rusia y China podrían beneficiarse, tras décadas de intentar atraer a otros países a su bando al criticar lo que han llamado imperialismo estadounidense.

El Departamento de Estado no respondió a un correo electrónico con preguntas.

Al hablar de su tierra natal, Rubio se deshizo en elogios hacia los colonialistas estadounidenses y europeos que trabajaron codo con codo para reclamar territorios: “agricultores y artesanos alemanes que transformaron las llanuras vacías en una potencia agrícola mundial” en el Medio Oeste, y “comerciantes de pieles y exploradores franceses cuyos nombres, por cierto, aún adornan las señales de las calles y los nombres de las ciudades de todo el valle del Misisipi”.

Rubio, hijo de migrantes cubanos, también destacó a sus antepasados de Italia y España.

Las “llanuras vacías” son, por supuesto, un mito: los nativos americanos vivieron allí durante milenios antes de ser asesinados y subyugados por los colonos colonialistas. Rubio no mencionó ni una sola vez los muchos millones de personas asesinadas, torturadas y encarceladas en las guerras libradas en todo el mundo en nombre del imperio.

Personas manifestándose contra el presidente Trump en Nuuk, Groenlandia, el mes pasado.Credit...Juliette Pavy para The New York Times

Tampoco hizo alusión a la institución imperial de la esclavitud ni al papel de los africanos esclavizados en la construcción de Estados Unidos, desde la época colonial hasta la Guerra Civil. También evitó hablar de los legados vivos del imperio en Occidente, incluidos los numerosos migrantes de antiguas naciones colonizadas y descendientes de esclavos que han dado forma a sus países.

Algunos historiadores dijeron que Rubio era quizá el único alto cargo estadounidense de las últimas décadas que celebraba el imperio de forma tan explícita.

“Celebrar a Estados Unidos como heredero de la civilización occidental no es nada nuevo, pero al menos desde Franklin D. Roosevelt, los presidentes y diplomáticos hablan de Estados Unidos como enemigo del imperio y del imperialismo”, dijo John Delury, historiador que ha escrito sobre la política exterior de Estados Unidos y de Asia Oriental.

“Los libros de texto se han actualizado para reconocer cómo los ‘exploradores’ esclavizaron a la gente como mano de obra esclava, los ‘misioneros’ borraron las culturas y religiones indígenas y los ‘pioneros’ despojaron a los pueblos nativos de sus hogares y medios de vida”, añadió.

Constanze Stelzenmüller, directora del Centro sobre Estados Unidos y Europa de Brookings Institution, dijo que la celebración al imperio resultó especialmente llamativa para los funcionarios y analistas de la conferencia de Múnich, quienes procedían de antiguas naciones colonizadas. “Decían: ‘Esto es asombroso’”, dijo. Al mismo tiempo, añadió, algunos funcionarios adoptaron la actitud de: “Bueno, Estados Unidos vuelve a las andadas, y al menos está siendo honesto”.

Stelzenmüller dijo que la celebración del imperio no ha sido central en el discurso de la derecha extrema europea, a la que a menudo apelan los principales asesores de Trump. Por eso resultaba desconcertante, añadió, por qué Rubio utilizó esas frases. El objetivo podría haber sido normalizar la idea del poder y expansión imparables de Estados Unidos, incluso sobre Groenlandia, dijo.

“Creo que este lenguaje puede formar parte de un intento de condicionar a los europeos para que lo acepten: que no tienen poder para resistirse a los designios expansionistas que pueda tener el gobierno”, argumentó Stelzenmüller.

Michael Kimmage, director del Instituto Kennan, un centro de investigación sobre Eurasia, dijo que Rubio estaba activando una contratradición de política exterior surgida en la derecha estadounidense durante las décadas de 1950 y 1960.

Las ideas fueron expresadas más vívidamente por National Review y uno de sus columnistas, Burnham, quien escribió un libro, The Suicide of the West, el cual era una crítica del liberalismo moderno y un “lamento por la pérdida del imperio”, como dijo Kimmage.

La evocación de Rubio de un Occidente que se “contrajo” se hizo eco de Burnham.

“Identificó la migración y la pérdida de autoconfianza en la civilización como los problemas centrales de un Occidente postimperial”, dijo Kimmage. “Rubio está reelaborando claramente estas ideas. Las ideas en sí no son nuevas. Lo que es nuevo es que ahora se propugnan desde el Departamento de Estado y la Casa Blanca, como no se había hecho en las últimas siete décadas”.

Andrew Day, escritor de The American Conservative, que aboga por el no intervencionismo, dijo que pensaba que Rubio subrayaba la política del gobierno de Trump de reforzar el orgullo por la civilización occidental —un proyecto admirable pero mal ejecutado, en su opinión— en lugar de respaldar el imperio.

“Dudo sinceramente que Rubio estuviera promoviendo una vuelta al imperialismo y al colonialismo”, dijo. “Más bien señalaba cierto malestar cultural y falta de confianza en sí mismos que padecen los occidentales”.

Pero Day señaló que los conservadores moderados aún se mostraban escépticos respecto a Rubio, a quien ven como un defensor acérrimo de la hegemonía mundial estadounidense. El secretario de Estado recientemente ha impulsado acciones contra Venezuela, Cuba e Irán.

“Creían que Rubio ponía un toque civilizatorio en un enfoque neoconservador, por así decirlo”, dijo Day.

Añadió que ese grupo también desconfía de Europa y cree que el marco “‘civilizacional occidental’ del gobierno es ambicioso e internacionalista y, por tanto, incompatible con un enfoque nítido de los intereses nacionales de Estados Unidos”.