Ciudad Juárez.- Hubo un tiempo en México en que reunirse para organizarse podía costar la libertad… o la vida. En las décadas de los sesenta y setenta, bajo el dominio del viejo régimen priista, el poder político observaba con sospecha cualquier forma de organización social. Estudiantes, obreros, campesinos o activistas que se reunían para discutir derechos laborales, justicia social o participación política eran tratados como enemigos del Estado.
El país vivía una paradoja: se hablaba de estabilidad y orden institucional, pero en la práctica operaba un sistema que perseguía la disidencia. Era, para muchos, una especie de dictadura disfrazada de legalidad.
Las mujeres tampoco estaban a salvo. Al contrario, su participación en movimientos políticos o sociales implicaba un riesgo doble: por un lado, la persecución del Estado; por el otro, la violencia y el estigma que recaían sobre quienes desafiaban los roles tradicionales. Activistas, estudiantes y militantes fueron vigiladas, hostigadas y, en algunos casos, desaparecidas. En ese ambiente, organizar una reunión, repartir volantes o participar en un colectivo podía convertirse en un acto de valentía.
En ese contexto se inscribe la historia de Leticia Galarza Campos. Su desaparición forzada fue el punto de partida para la realización de Leticia 1978, un video de 28 minutos que reconstruye el surgimiento y la represión contra diversos movimientos sociales de las décadas de 1960 y 1970. A través de imágenes de archivo y del testimonio de su hermana, la activista Judith Galarza, el material recuerda que Leticia ingresó a la Liga Comunista 23 de Septiembre en 1975 y que fue detenida el 4 de enero de 1978 en la Ciudad de México, sin que desde entonces se conozca su paradero. “A mi hermana se la llevó el gobierno; ellos se la llevaron, ellos nos tienen que decir dónde está”, afirma Judith.
Casos como el de Leticia recuerdan una etapa en la que el gobierno consideraba a la organización social como una amenaza para México. Sin embargo, con el paso del tiempo quedó claro que el verdadero peligro para el país no era la ciudadanía organizada, sino un sistema político cerrado que respondía a la crítica con represión.
La historia también deja una enseñanza: los movimientos sociales han sido fundamentales para abrir espacios democráticos. Muchas de las libertades actuales —la posibilidad de protestar, de organizarse y de exigir cuentas al poder— nacieron de aquellas luchas.
