Comer pescado en lata durante innumerables días y noches seguidas, como lo he hecho yo, es sufrir una sobrecarga sensorial. Está la silueta temblorosa similar al tofu que envuelve el tierno crujido de las vértebras, el aroma salobre casi tan sutil como una casa en llamas. La densidad resbaladiza por la sal que se derrite en la lengua hasta convertirse en una papilla umami.
Al igual que muchos de nuestros inventos más ingeniosos —la cinta adhesiva, las computadoras, la laca para el cabello— este surgió de una guerra. A finales de la década de 1700, Francia estaba sumida en costosas escaramuzas militares y ofreció un premio en efectivo a los ciudadanos que pudieran descubrir cómo evitar que los alimentos se echaran a perder de forma barata. Un hombre emprendedor llamado Nicolas Appert selló pescado cocido en frascos de vidrio y los hirvió, y con el tiempo ganó 12.000 francos y los elogios de Napoleón Bonaparte. Más tarde, en Reino Unido, el comerciante Peter Durand cambió los frascos de Appert por latas de hojalata. Avanzamos 200 años y ahora todos nadamos felizmente en un mercado mundial de 15 millardos de dólares de pescados y mariscos no perecederos que pueden durar muchísimos años.
Pero lo que impulsó a los pioneros ícticos del siglo XIX fueron cuestiones prácticas; no creo que Appert y Durand entendieran fácilmente cómo, en la actualidad, el pescado en lata es tanto un artículo de despensa sensato como un símbolo de estatus, una comida viral de “chicas atractivas”, un bien que raya en el lujo. Creo que probablemente tomaría mucho tiempo explicarles a los dos por qué puedes comprar pescado en lata de edición limitada en conciertos y por qué hay codiciados artículos promocionales a la venta sobre el pescado en lata y por qué existe una tienda en la ciudad de Nueva York llamada Fantastic World of the Portuguese Sardine donde una lata de una sola porción de dicha fantástica sardina puede costar 44 dólares.
Creo que si intentaras hablarles sobre el “sardinemaxxing“, estarían confundidos.
Yo misma estoy confundida.
Como 44 dólares parece un precio bajo a pagar por una educación sociológica, hace poco pasé algunas semanas probando todo lo que pude de este género. No solo comí sardinas, sino también salmón ahumado marinado en aceite de chile, mejillones de producción artesanal con pimiento dulce y ajo, varios tipos de trucha, anchoas y una enorme cantidad de a*** —tanto a*** que me niego a mirar la palabra nunca más y no puedes obligarme a deletrearla— y lo que aprendí es que la mayor parte tiene un sabor simplemente… ¿aceptable?
El origen del fervor moderno por el pescado en lata fue el confinamiento por la covid. Durante ese tiempo, seres humanos que por lo demás eran racionales de repente gastaron cantidades inconfesables de dinero en plantas raras, aparatos de cocina industriales, “ropa de estar en casa” y, sí, conservas artesanales de carne de pescado de entre 10 y 80 dólares la pieza en cajas extravagantes. (¿Qué dice ese refrán sobre dispararle a los peces en un barril?). El año 2020 dio a luz no a una, sino a dos empresas emergentes de venta directa al consumidor de pescado en lata que dieron mucho de qué hablar, una de las cuales se convirtió en un éxito en (dónde más) Shark Tank. Sin embargo, incluso después de que la pandemia cediera y los consumidores abandonaran sus pantalones deportivos, siguieron comprando pescado en lata.
Una teoría que he escuchado sobre esta moda duradera es que se trata de una manera de sentir la emoción de viajar sin necesidad de ir a ninguna parte; que te envíen anchoas desde destinos turísticos populares como Portugal y España puede sustituir la experiencia, que requiere mucho tiempo, de recorrer Portugal o España. También he leído que el pescado en lata se alinea directamente con el fervor por la salud y el bienestar, que satisface el deseo paranoico y conspirativo de “comida de búnker” y que podría tratarse simplemente de asequibilidad —dejando de lado las marcas epicúreas, puedes conseguir una lata de supermercado por 2 o 3 dólares—, lo cual llevaría al pescado en lata de vuelta a sus raíces como un bálsamo en tiempos de crisis financiera.
Argumentos creíbles, sin duda. Pero mientras “preparaba la cena” después del trabajo todas las noches, es decir, mordisqueaba a*** directamente del empaque como un mapache (los libros de cocina para pescado en lata sí existen, pero si eres de los que optan siempre por el mínimo esfuerzo posible, quizá tú también seas un mapache en secreto), se me ocurrió una idea diferente.
Mis comidas prefabricadas eran inmensamente satisfactorias no porque fueran panaceas convenientes, baratas o hipereficientes para el hambre—aunque eran todas esas cosas—, sino porque era completamente imposible arruinarlas. ¡No puedes fracasar con el pescado en lata! Ponlo sobre una galleta salada, si eres demasiado digno como para comerlo a cucharadas como lo hago yo. Incorpóralo en una visión más amplia, como una pasta o un sándwich, si debes hacerlo. Pero nunca te puedes equivocar con la cocina en este caso, como definitivamente sí puedes hacerlo, por ejemplo, con el pescado crudo. Esta certidumbre es un gran placer. Este es el consuelo y la alegría, que calan hasta los huesos, de que alguien más se encargue de las pesadas exigencias de la vida, de tener todo planeado por otra persona. Aquí tienes, decisiones ya tomadas. Comer pescado en lata se siente como si una mano cálida, autoritaria y paternal te entregara una bolsa de papel arrugada al salir por la puerta, algo que, por supuesto, te mereces.
Los Lunchables para adultos ya están por todas partes en este mundo. Las versiones sofisticadas de los favoritos juveniles incluyen: cócteles tropicales (Capri-Suns para adultos), burrata (queso en tiras), cualquier postre (son golosinas para adultos), licuados (básicamente comida para bebés real). Sin embargo, el pescado en lata es un caso curioso, porque en realidad ningún niño elegiría comer pescado en lata. Es un gusto adquirido, peculiar, rancio y un poco ofensivo, simplemente presentado a la manera de los niños. Y, en ese sentido, tal vez se parezca más a lo que sea que esté pasando con todos estos lazos en la ropa de mujeres adultas.
Justo por la época de mi experimento piscívoro, Fishwife, la favorita de las ventas directas al consumidor de Shark Tank, lanzó una ensalada niçoise de verano de edición limitada en colaboración con la cadena nacional Sweetgreen. Un amigo y yo teníamos curiosidad por probar esta ingeniosa bonanza de marca, pero para cuando logramos fijar una fecha en nuestros ocupados calendarios, la colaboración había terminado.
Así que reunimos los ingredientes publicados en el sitio web de la empresa y preparamos el platillo nosotros mismos. Pasé demasiado tiempo asando las “verduras de plena temporada” de la receta y picando tres tipos de verduras de hoja verde e hirviendo los huevos, solo para darme cuenta de que se suponía que los huevos debían ser “pasados por agua con yema blanda”. Ninguno de los dos se acordó de traer “cebollas crujientes para decorar”. Nos miramos el uno al otro, dos treintañeros comiendo nuestras ensaladas demandantes, tibias y armadas a medias correctamente, y pensamos que la próxima vez probablemente deberíamos ir a un restaurante y ya.
