Una de las historias más interesantes sobre el vino es la que sucedió con la plaga de la filoxera, en 1900, en Europa. Resultó que casi todos los viñedos fueron atacados por un pulgón que se comió las raíces de las parras. Nadie supo de dónde salió, pero se multiplicaba sin control y acababa con los viñedos en menos de un año. Los pueblos dedicados al vino se volvieron fantasmas; hubo desgracias y pobreza. Los gobiernos daban recompensas a quien descubriera cómo eliminarla. Un biólogo viajó a Estados Unidos, vio que la vid americana era inmune y entendió que el pulgón se había trasladado cuando llevaron parras americanas a Europa. Luego propuso que se injertaran los viñedos con la parra americana.
El vino siempre viene con una historia; se comienza hablando de uvas y etiquetas y se continúa con los amores que pudieron ser y todavía se traen en el alma. Esto sucede porque ya con una copita se amplían los recuerdos, las intenciones y las perspectivas, y le da a una por pensar en el amor verdadero. ¿Existe? Dígame usted.
Pero, bueno, mejor hablemos de cómo analizar un vino. Comienza con observar su color, percibir sus aromas y, finalmente, probarlo. Al paladearlo, tenemos que coordinar las palabras con las papilas gustativas para poder decir: encuentro notas de frambuesa, de humedad, de hierro, de ciruelas cortadas a las cinco de la mañana.
Por eso le digo que toda copa de vino viene con una historia; a veces es la propia, esa en la que descubrimos que el amor verdadero no se busca, porque ya lo traemos dentro. Depende de nosotros estimularlo y, a veces, obligarlo a salir, darlo y ser felices, practicando una y otra vez la virtud de la tolerancia y el perdón. Y si no puede perdonar, tómese doble copa de vino o, ya de perdis, póngase hielo en el cerebro, pero sea feliz y no deje que la filoxera se coma sus raíces.
Búsqueme en Face como Vinícola Diez González y le platico más historias, todas de ese amor verdadero.
