Cd. de México.- Lo que antaño fue una fiesta popular, colectiva, masiva y desbordada, ahora es un feed. Todo cabe en una pantalla sabiéndolo acomodar. El estallamiento del aficionado tiene su resguardo.

Cuando metan gol mándame tu storie, luego festejas. El futbol es el pretexto para individualizarse en medio de tanta masa escandalosa. Yo soy quien soy y no me parezco a naiden. Aunque todos nos comportemos igual.

El miedo se desliza e inmoviliza. Miedo en la FIFA, miedo en los gobiernos, miedo en la cancha, miedo en la calle.

El futbol, los mundiales, antes liberaban, sublimaban. Ahora nos piden no salir a la calle y ver el futbol en casa, no hacer ruido en los partidos; a los jugadores les limitan su conducta en la cancha. Mejor tómate una selfie.

La FIFA tiene el poder superior y manda llamar al Castillo de Chapultepec a la clase política y empresarial para ratificar lo pactado. Si no hay solución, no rodará el balón. Así que abran las puertas que la fiesta comienza.

Y todos danzan sobre la realidad virtual controlada por un poder supremo, el de la FIFA, con gobiernos adocenados. Esa FIFA sí que da miedo. Hasta la CNTE se cuadra.

La noche del pasado miércoles 10 de junio, un directivo de un equipo de futbol de la Primera División mandó un mensaje que dejó helados a los receptores: "me hablaron de la Federación (Mexicana de Futbol) para decirme que no llegaron a un acuerdo (CNTE y Gobierno federal) y que amenazaron ir a las cuatro de la mañana para que no saliera la Selección. Ya mandaron al Ejército para que salga sin problemas".

¿Cómo creció una versión de esa naturaleza para colarse en los mensajes privilegiados de un importante directivo del futbol mexicano? ¿Que la CNTE pudiera bloquear la salida del Centro de Alto Rendimiento?

A la hora que el camión oficial del equipo de futbol tomaba ruta, sobre las 11 de la mañana, el jueves de la inauguración, la escena se transmitía en la pantalla gigante del Estadio.

Ya había tres cuartos de ocupación, y un susurro que no llegó a ovación saludó la partida.

Cuando eso ocurría, en las inmediaciones de la terminal Tasqueña del Metro un puñado de activistas de la CNTE intentaba movilizarse sin mucho éxito.

Las amenazas fueron diluidas. Madres de desaparecidos tocaron la puerta exterior del Azteca a gritos y llantos: "¡México es campeón, en desaparición!".

Agitaban mantas, reclamaban, manoteaban. Pero la muchedumbre que iba al Estadio se acercaba ajena al griterío.

Apenas ingresaban a la explanada del Azteca y los aficionados apuntaban para la selfie.

"¡Sí se pudo, sí se pudo!". Durante una quincena fue alimentada la amenaza de que un puñado de activistas impediría que el balón rodara. Su amenaza parecía creíble. Destrozaron oficinas de gobierno y nadie les cobró los añicos; tampoco hubo detenidos. Fueron poderosos.

Mandaban, ordenaban al gobierno su atención. ¿Por qué no podían cerrar el Estadio?

En realidad quien mandó quitar a los de la CNTE fue la FIFA, cuyos directivos un poco hartos no veían clara la ruta de llegada al Estadio.

El 31 de mayo de 1970, cuando el primer tiempo del partido México contra la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) estaba a punto de finalizar, un disparo de Héctor Pulido, un mediocampista michoacano, rozó el larguero arañado por el portero Kavazashvili, quien tenía en la banca a la leyenda de Moscú, Lev Yashin, conocido como "La Araña Negra".

Aquella jugada fue acaso la única que olió a gol en ese tenso partido donde los nervios atenazaron a los dos equipos. Era el primer mundial de futbol en México. Se estrenaban las tarjetas, amarilla y roja, para castigar exceso de faltas. La primera amarilla en un Mundial se la llevó Evgeny Lovchev, un mediocampista ruso que le dio un pisotón en el talón a un delantero mexicano y no se lo perdonó el árbitro alemán.

En su libro "La fiesta del alarido y las Copas del mundo", Manuel Seyde, el periodista que desde su columna "Temas del Día" bautizó a los integrantes de la Selección de futbol como "Los ratones verdes", describe aquel partido como una decepción.

"El juego inaugural, el 31 de mayo de 1970, en el Azteca vibrante, lleno de color, fue la imagen de las insuficiencias del equipo nacional que todos, hasta sus más obligados incondicionales, conocían.

"No pudo el equipo nacional beneficiarse con todas las ventajas que tenía consigo ante el equipo soviético que a ratos exhibía un futbol casi rudimentario, sin recursos, lento, confiándolo todo a la fuerza física y sin una pincelada, sin un pase ingenioso. El cero a cero defraudó a 108 mil personas que habíamos concurrido dispuestas a disfrutar de la victoria del equipo nacional en el partido inaugural.

"Desfilaron en silencio.

"El primer partido del Campeonato Mundial de 1970 había sido de antifutbol".

El Estadio Azteca rebosaba. El juego ante Rusia fue aburrido, bajo un calor insoportable de un mediodía dominical. Era tal el calor, que aunque los jugadores estaban obligados a presenciar de pie y bajo el sol en la cancha la ceremonia inaugural con danzas prehispánicas, el entrenador soviético Gavril Kachalin decidió mandar a los suplentes para dejar a los titulares en la sombrita y pudieran jugar frescos el partido.

No obstante, el empate sin goles, la afición coreó una victoria. Salió a las calles a cantar el nombre del País y a vitorear a los seleccionados.

La Calzada de Tlalpan, paso obligado en la ruta al Estadio Azteca, sede de ese partido, se pobló de miles de personas en sus banquetas. Lo único que había disponible para acrecentar el escándalo eran sartenes, cazos y las palas para el guiso.

Las banquetas de la larga calzada del trayecto del Azteca hasta el centro de la Ciudad, estaban pobladas de miles de personas, sobre todo mujeres y niños, que repicaban el "¡Mé-xi-co!" de rigor. Los utensilios de cocina quedaron abollados de la felicidad.

La Ciudad conoció entonces las manifestaciones en Paseo de la Reforma, rumbo al Ángel. Tras las manifestaciones estudiantiles de 1968, reprimidas por el régimen, las salidas masivas a la calle eran inexistentes. Ahora, por el futbol, se toleraron y celebraron. Los mexicanos querían festejar, sonreír. Un empate a cero les dio el pretexto.

El pasado jueves 11 el recuerdo de un partido aburrido como chispazo de felicidad retornó al mismo lugar y acaso algunos eran la misma gente.

Aunque México aquí sí ganó, en un partido aletargado, igualmente tenso, con calor y luego nubes y hasta llovizna, la euforia desbordó.

A diferencia de hace 56 años, la Calzada de Tlalpan no fue ocupada por la euforia, sino por el miedo. La avenida quedó vacía, sin relajo o festejo; había piquetes de manifestantes, ulular de sirenas, que silenciaron el grito de gol.

Para poder llenar el Estadio Azteca hubo que meter en sus casas a los aficionados.

El partido inaugural se convirtió en un asunto de seguridad nacional. Hasta la noche del miércoles no había certeza de que el Fan Fest en el Zócalo fuera abierto al público. Tampoco si se garantizaría un acceso fluido, sin incidentes, para los privilegiados que tenían boleto para el estadio.

La cadena de errores de gobiernos desconectados de sus gobernados, acrecentó el desorden y el miedo. El 7 de mayo, el Secretario de Educación federal, Mario Delgado, anunció que el calendario escolar se modificaba y las clases se suspenderían el 5 de junio en todo el País. La presión de los Gobernadores Samuel García, de Nuevo León; y de Clara Brugada, de la CDMX, anfitriones de sedes del Mundial, con las ciudades patas para arriba por obras inconclusas, tenían urgencia por meter a la gente a sus casas. Su miedo arrastró a una decisión improvisada, incoherente y absurda.

Con un video, Delgado hizo entonces el anuncio del acuerdo adoptado por la "Sexagéxima sexta reunión nacional plenaria ordinaria del Consejo Nacional de Autoridades Educativas" y en un comunicado precisó que las razones obedecían al calor intenso y a la inauguración del Mundial. Lo del calor, en realidad, era una vacilada en medio de carencia de apoyos históricos de la SEP en entidades donde realmente las escuelas son infiernos en temporadas de verano, con Mundial o sin Mundial.

Y ahí sí se levantó la ola más grande del mundo, pero ola de indignación por la decisión arbitraria.

Comerse 40 días de clase sin hablar con maestros, directivos de escuela, padres de familia. Bueno, ni la Presidenta sabía. Tuvieron que echar marcha atrás y la CNTE echó marcha hacia adelante porque la urgencia de mandar a la gente a sus casas tenía que ver -previsores, al fin- con las marchas anunciadas por la Coordinadora para la temporada de mayo y junio como ha sido habitual y que, obviamente, amenazaban con arribar a la Capital del País para boicotear la justa deportiva.

Lo más fácil, supusieron, era guardar a los ciudadanos, como en la pandemia, resguardar el Estadio, y convivir con la CNTE.

Lo que en el fondo transmitieron, tanto el Gobierno federal como el local, fue el miedo. El temor a la CNTE, organismo aliado de los partidos y grupos de izquierda en el Gobierno, pero que ha sido fortalecido, empoderado y mimado por las administraciones de la denominada 4T.

Al final de la historia, el balón rodó y las gobernantes, Claudia Sheinbaum y Clara Brugada, encontraron de última hora una carpa para ver un partido y simular su festejo. Tuvieron miedo. Al abucheo, a parecer fifís, a desentonar. A lo que sea. Tuvieron miedo a gobernar.

En junio del 2002, en su primer Mundial de Futbol como entrenador, Javier Aguirre declaró en Nigata, un pueblo arrocero de Japón, y una de las sedes de la Copa que los nipones compartieron con Corea del Sur, que la Selección Mexicana no estaba para cargar las duras responsabilidades sociales o políticas de un País.

"Que cada quien se haga cargo de lo suyo. Yo me hago cargo de lo mío; ustedes los medios háganse cargo de lo suyo y la gente que está en México, que se encarga de la economía del País, de los problemas de justicia social o de la política en general, que se encargue de lo suyo... Yo no doy esperanzas, doy trabajo. La esperanza que cada quien la haga propia ", dijo entonces.

"No es que no me importe, pero realmente eso de que la gente vaya al Ángel, eso es fiesta popular provocada por la Selección, sí es cierto, pero insisto, nuestro objetivo no es dar esperanza. Por lo menos el mío".

Ocho años después en Johannesburgo actualizó sus palabras, siendo el entrenador nacional en su segundo Mundial. Le preguntaron en una entrevista que cómo estaba México y lacónico repelió: "jodido".

Puntualizó: "(El narcotráfico) ha permeado la sociedad; recuerdo que cuando era jugador, hace 25 años, el narco ya estaba activo, pero se metían entre ellos, ajustaban sus cuentas entre ellos. Hoy no se puede andar en la calle tranquilamente, porque de repente hay líos y te pillan en medio".

Ahorita, en su tercer Mundial como entrenador, ya no habla tanto del País sino más de su jubilación.

Sphephelo "Yaya" Sithole, un espigado moreno de 1.86 de estatura y 27 años de edad, recibió de su portero Ronwen Williams un balón rodadito a las 13:14 horas en el césped del Estadio Azteca.

Pero el pánico de "Yaya", jugador del CD Tondela de Portugal, fue la puerta de la felicidad para el atribulado México.

Eric Lira, mediocampista mexicano, 14 centímetros menor que el africano, aprovechó el susto del rival, le quitó el balón como si despojara de un dulce a un niño y la pelota quedó a la deriva para que la tomara un despierto Julián Quiñones, colombiano naturalizado mexicano, para dar tres pasos hacia el centro del área, disparar con su derecha y meter el balón a la portería contraria que viajó por debajo de las piernas de Williams, experimentado guardameta de Port Elizabeth.

El Estadio estalló como una continuación de una media hora de emoción y éxtasis, primero con la ecléctica ceremonia inaugural del Mundial de Futbol 2026, que combinó reguetón con danzas de la conquista, después con el himno nacional coreado por los 80 mil asistentes con la voz principal de Alejandro Fernández, y a los 8 minutos del primer tiempo con el tanto que auguraba una goleada.

México, el equipo y el País, merecía una sonrisa, una dosis de júbilo, una liberación de emociones en una Ciudad tensada por la rabia, el sinsentido, los destrozos y el pasmo. El ungüento fue el gol.

Durante minutos el Estadio tembló, se mecía con los brincos de miles y la escandalera.

Una buena parte de ese público había llegado al amanecer advertido de que podía perder su lugar si los maestros de la CNTE cerraban el camino. Para la una de la tarde, cuando comenzó el partido inaugural, estaban impacientes.

Algunos mataron la ansiedad con alcohol: tequila, vodka, cerveza, expendidas en la explanada del coso y en los "hospitality" a precios de caviar.

Nada con exceso, todo con medida. El alcohol corrió pero la emoción por el partido se fue desvaneciendo. La Selección Mexicana jugaba con miedo a perder la pelota y los sudafricanos con miedo a tenerla. De repente una estrofa de Cielito Lindo, de repente un "¡México, México!", por ahí algún intento de hacer la ola pero la desvelada parecía cobrar factura.

Un enorme bostezo de una hora fue roto con el segundo gol cuando Roberto Alvarado, apodado "El Piojo", centró un balón con todo el tiempo disponible a la cabeza de Raúl Jiménez que solo empujó la pelota para detonar la euforia.

Pero México no amenaza. Es cándido. Así como jugó el jueves no da miedo. En la defensa tiene a un Cachorro; su estrella en media cancha es un preparatoriano de 17 años. Y su delantera tiene a un Piojo y a una Hormiga. Para el próximo partido el rival lo resolverá con un insecticida.

Como en 1970, este Mundial estrena reglas de juego que someten y aprietan al jugador y aburren al espectador.

Los jugadores tienen solo 5 segundos para el saque de banda y si se tardan pierden la posesión. Los jugadores reemplazados tienen diez segundos para abandonar el campo y si demoran el suplente es retenido un minuto.

Si requieren asistencia deben salir de la cancha y regresarán un minuto después de haber sido revisados. No pueden taparse la boca para hablar, en una presunta intención de impedir insultos soterrados.

Nacho Trelles, el pícaro entrenador de futbol mexicano, debe revolcarse en su tumba con estas disposiciones. Él solía aventar dos balones al campo para interrumpir una descolgada del equipo contrario o mandaba a jugadores a hacer tiempo entreteniendo el balón. La afición lo disfrutaba o lo reprobaba pero se insmicuía en el juego y se divertía con la chapuza.

La FIFA expide ahora certificados de buena conducta que, desde luego, no cumplen sus directivos. Son cláusulas de miedo. Miedo a jugadores creativos, rebeldes, rezongones. Miedo

a la emoción.

Y también se estrena la "pausa de hidratación" como una medida para, dicen, cuidar a los jugadores sobre todo cuando los partidos son bajo temperaturas de calor extremo. Pues sí, con esa pausa en 1970 nos ganan los soviéticos.

Aunque la interrupción es utilizada para incrementar los anuncios comerciales en las transmisiones televisivas y en realidad muchos consideran que ese es el verdadero propósito de la pausa.

Antaño, cuando se jugaban "coladeritas" lo único que interrumpía un partido callejero era el paso de un auto.

"¡Carro!" gritaba alguien y el balón se detenía. El futbol no era pausa sino intensidad.

En el Mundial mexicano del 70, Franz Beckenbauer, el Kaiser alemán jugó con el hombro derecho luxado que mecía en un cabestrillo en una imagen heroica que dio pie para que aquel cotejo de Alemania-Italia se le nombrara el Juego del Siglo.

Hoy la FIFA apura al jugador y premia al anunciante.

Emociona al vendedor y aburre al espectador.

Es el Mundial de la polarización, que ni que. Y no por dos de los países que coorganizan, México y Estados Unidos, que se estremecen con sus enconos políticos. Una cosa es la polarización política que nada tiene que ver con las preferencias futboleras y otra la social, azuzada y remecida por las características del Mundial del juego más popular. Pues cómo no: con esos precios de las entradas a los estadios no hay más rutas que polarizar. y enervar.

Los asistentes al Estadio son unos, los extasiados en las plazas son otros. Los privilegiados son unos, que lo presumen en sus chats, en sus posts, en sus selfies, y los que miran a distancia reivindican su disfrute por el relajo y por la reunión.

Enorme distancia. Miedo a que se junten.

"El Feliz Poseedor de Boleto goza no tanto por saberse allí, sino por la piedad que le dedica a los ausentes. Benditos ellos, no tuvieron dinero, y no les quedó sino confiar en las bondades de la televisión, que todo reduce a las proporciones de una cajita. ¿Con eso se conforman, con un espectáculo de títeres? El Amo del Ticket, orgulloso de su distancia ante las privaciones, sonríe sin altivez. ¿Para qué tenerla? Mejor encomendarle las vejaciones al proceso selectivo de clase, que le hurtó los fanáticos más obligadamente populares al espectáculo popular por excelencia", escribió Carlos Monsiváis, a propósito del Mundial de futbol de 1986, en "¡¡¡Goool!!! Somos el desmadre", compilada en su libro "Entrada Libre".

Y entonces, hace 40 años, los boletos estuvieron más baratos y accesibles que ahora. Entonces se consideraban costosos. Ahora comprar un lugar en buena grada sale más caro que adquirir un auto.

La guía de objetos prohibidos por la FIFA repartida a los poseedores de boletos es un catálogo de miedo.

Obvio, la prohibición de armas y objetos que se conviertan en utensilios de agresión. Pero también en específico: "Artículos de Ruido y Físicos" como silbatos, sirenas, vuvuzelas, megáfonos y botes de humo. O bien banderas y mensajes advirtiendo que no deben portarse material "con contenido político, discriminatorio u ofensivo".

La guía del buen comportamiento colapsa. Y se reproduce en las medidas gubernamentales.

En Estados Unidos está prohibido el ingreso de ciudadanos con filiaciones o relaciones peligrosas. Ya expulsaron a un árbitro de Somalia o a toda la porra de Senegal. Los jugadores de Irán representan al demonio y entrarán al estadio como presos para regresarse a su reclusión en Tijuana.

Ay de aquél que reclame por los bombardeos o por la guerra sin sentido.

Las madres de desaparecidos son condenadas por protestar en las calles mexicanas.

Las apretuja la Policía. Háganse a un lado, no vayan a volar un balón y caiga en una fosa común.